Entérate, Rompetechos: no hay que recentralizar, ¡hay que privatizar!

Malo es cometer un
error, peor perseverar en él, peor aún, repetirlo.
Esta crisis
sanitaria nos está dejando muchas lecciones, y mostrando muchas
evidencias. Si algo hemos de hacer al respecto, al menos, es aprender
la lección, y prepararnos para el futuro.
Como ya he dicho
antes, la principal consecuencia que deja la infección por Coronavirus es
que ha mostrado bien a las claras las carencias y fallos de nuestro
sistema sanitario. Nunca nadie podrá volver a argumentar que la
Sanidad Española es de las mejores del mundo, siquiera sea porque,
como decía Lenin, los hechos son testarudos, y la estadística de muerte ahí
quedara, para siempre, para nuestra vergüenza. Comparar las cifras
de muertos con las de otros países, más o menos civilizados que el
nuestro, dejará en la historia una tacha que ya nunca podremos
borrar.
La gestión política
de la crisis ha sido, qué digo, está siendo, nefasta. Décadas de
descentralización, de complejización, del servicio sanitario, por
CC.AA. por provincias, por sectores, no se devuelven al Estado
Central de la noche a la mañana y hacen que un sistema centralizado
pueda atender eficazmente ese laberinto de diferencias asistenciales
y peculiaridades que se ha adquirido.
Los que defendemos
que la solución para nuestro país es adelgazar su Administración,
cerrando las Comunidades Autónomas y todos sus chiringuitos,
clientelas, mamandurrias y corrupciones, podemos entender que un
sistema centralizado, por economía de escala, por ejemplo, va a
poder atender de forma más eficaz un servicio que, dentro de la
nación, debe garantizar la igualdad, asistencial y de medios entre
todos los españoles. Pero una vez que el sistema está fragmentado,
intentar controlar toda la información, procesarla y ser eficaz en
aplicar las conclusiones, de la noche a la mañana, es una tarea
imposible.
En la película
Estado de Sitio, el personaje que interpreta Bruce Willis,
caracterizado como general, decía una gran verdad: el ejército
no es un bisturí, es un sable. Cuando un único agente tiene que
afrontar un sistema muy complejo, no puede, ni por capacidad, ni por
medios, ni por tiempo, tomar la mejor solución, igualmente compleja
y sofisticada, que sería la óptima. No. Lo que hace es ir a lo
gordo, soluciones sencillas, burdas, generales. Eso los liberales lo sabemos bien.
Y empezamos con el
primer error: El confinamiento. Los que pusimos el grito en el cielo,
primero por la conculcación de libertades individuales que supone la
prohibición de los derechos de reunión y de libre circulación,
pero sobre todo porque es suicida tapar las vergüenzas de un sistema
que carece de suficientes UCIs como para digerir en pocas semanas los
enfermos que, aunque sea por una simple gripe, se iban a producir a
lo largo de todo un año, a base de paralizar el país y, con ello,
cerrar toda la actividad económica, estamos ahora mordiéndonos los
puños, de rabia e impotencia. El confinamiento no cura, no es una
medicina. Sólo es un retardante, porque el Gobierno quería impedir
que la fotografía de cientos de ataúdes amontonándose en las
morgues cuestionase el gasto que nos supone esta sanidad, y, porqué
no decirlo, sus sueldos. Como dije en mi anterior artículo, tarde,
mal y sin perspectiva de propósito de enmienda, no sólo tienen ya esa
foto, sino que además añadirán el paro, el hambre, la
desindustrialización y la deuda futuros a la misma.
Parar la industria,
la logística, la actividad mercantil y empresarial es la peor
decisión que se podía tomar. El Gobierno Central toma el control de
todos los medios sanitarios existentes en el país y con ello intenta
con los medios de un único gabinete, realizar el trabajo que antes
realizaban diecisiete, más todo el del tejido privado. No puede, nunca
habría podido. Ante la inacción, la sociedad civil se encuentra
presa, es más eficaz una ancianita cosiendo cincuenta mascarillas
con su singer de hace un siglo que una empresa de sábanas que
se podría haber reconvertido en horas, para fabricar centenares de
miles. Todos sus trabajadores están en su casa, era actividad no
esencial, y el empresario primero no quiere arriesgarse a que el
fruto de ese esfuerzo sea confiscado con pago ad calendas,
segundo bastante tiene haciendo números para ver cómo puede pagar
los gastos fijos, entre los que se encuentran trabajadores inactivos,
y tercero muy posiblemente ya se encuentra descapitalizado no solo
por crisis anteriores, sino porque está asado a impuestos por una
Agencia Tributaria que destroza la tesorería como Saturno devora a
su hijo.
A los políticos,
socialdemócratas de todos los signos, les gusta el gasto público
como a los tontos las piruletas. Siempre te justificarán el déficit
“porque hay que invertir para que el estado de bienestar crezca”.
Pues mira, una crisis imprevista, no contemplada por esas
inversiones, necesita de un remanente para poder afrontarla. A la
gente de izquierdas no, pero a los patriotas de derechas que ponen a
la nación como valor supremo, oírles defender el gasto, por encima
del ingreso, impidiendo ese ahorro, esté en manos del Estado, esté
en manos de agentes privados, ha sido como oír a la Pompadur
defender la castidad. Graciosos, si no fuese todo tan dramático. Y
no revisan sus principios, los muy canallas.
Paralizar los
canales de distribución, paralizar la actividad mercantil, está
resultando criminal. El Gobierno no sabe dónde están los stocks de
medicinas, de tests, de mascarillas. Enterarse, incautar, gestionar
los permisos de tránsito, distribuir racionalmente a tiempo todos
esos recursos es imposible. IMPOSIBLE.
Al final, la
centralización se ha vuelto papel mojado. Han sido las Comunidades
Autónomas las que, mejor o peor, han acabado tomando las decisiones,
o imitando las decisiones exitosas de otras Comunidades. Decisiones,
como las de generar macro centros asistenciales de emergencia, que
deberían haberse tomado cuando felices e ignorantes, flipábamos
viendo como China construía los suyos. El sector privado habría
reaccionado antes, mediante la maravillosa herramienta del
capitalismo que es la especulación. El empresario que hubiese
montado el Hospital en el Ifema hace un mes ahora se estaría
forrando, pero habría arriesgado su capital, quizá lo hubiera perdido. Y lo mejor de todo, es
que a los ciudadanos no sólo nos habría costado menos dinero, sino
que, y más importante, menos vidas, y menos
desesperación.
En una situación de
emergencia, en la que los stocks de productos, por ejemplo EPIs, de
las grandes empresas productoras se agotan en segundos, merced a las
compras estatales, el Gobierno no puede gestionar la compra de esos
equipos a pequeñas y medianas empresas, capaces de decuplicar la
producción de las multinacionales en horas, entre todas a las vez,
porque son demasiadas, centenares de miles. Ágiles, deseando ganar un dinero
aunque hayan de venderlas al coste, mas un sano y razonable Beneficio
Industrial estimado por Real Decreto. Es incapaz a su vez de
gestionar las logística, de financiar, de reconducir trabajadores.
Pero no sólo es que no puede, es que no quiere. Simple y llanamente,
porque el gasto público tiene un corolario que al político aún le
gusta más: La comisión. Y es más fácil trincar una comisión de
una venta de centenares de miles de test que hacerlo de centenares de
miles de ventas de unos pocos tests (ya no entro en que, encima, haya
proveedores vetados por razones políticas). Por supuesto,
centralizar la compra de tests, sea con la intención de trincar o
no, implica quitárselo por ejemplo a las farmacias, a las que
simplemente han prohibido comercializar, precisamente, los bienes más
demandados para afrontar la enfermedad. La única consecuencia lógica
de toda esa política era el desabastecimiento y la carestía. Ése
es el segundo y grave error.
Saldrá información
respecto de los test fallidos que nos dará ganas de quitarle el
polvo a los garrotes y barrer el centro de las plazas principales de
nuestras ciudades.
El Gobierno debe
cesar inmediatamente la política de confinamiento, restringiéndola
a los mayores de 60 años y personas de riesgo, proporcionando
formación sanitaria por los medios de comunicación, para profilaxis
en primer término y su atención sanitaria en segundo, que mira, eso
sí lo han hecho bien, es lo primero que han “militarizado” (para
censurar, por supuesto) Hay que reactivar lo poco que quede de
economía, ponerla al servicio de este estado de guerra real en el
que estamos, mediante ofertas de precios. Deben dejarse de ayudas, de
ERTES, de paliativos. El Estado simplemente no es una cornucopia de
dinero. Puede pagar los salarios de unos pocos, redistribuyendo el
dinero de los demás, pero no puede pagar a todos a la vez. Con
mascarillas y guantes obligatorios, los españoles debemos poder
volver a salir a la calle, YA.
La Sanidad que
tenemos se jactaba de ser de las mejores y menos caras del mundo.
Muchos sabíamos que era barata porque, en régimen de monopolio, la
Administración puede permitirse el lujo de contratar a sus
trabajadores en unas condiciones que no admite (e incluso prohíbe y
persigue) al sector privado. Tan malo es que haya auxiliares
administrativos que no hacen falta, en régimen laboral de
privilegiados funcionarios como que haya enfermeras en régimen de
interinidad con una precariedad que el propio gobierno persigue como
ilegal en otros sectores. Que profesionales médicos, con una
responsabilidad civil y penal del carajo, estén cobrando poco más
que el celador que tira de las camillas, no tiene nombre. ¿Que en un
sistema privado las diferencias salariales serían más evidentes?
si, ¿y qué, si es lo justo? Pero es que además, ahora sabemos que,
desde luego, no es de las mejores del mundo.
Hay que privatizar las sanidad. Devolverla a los ciudadanos, no al Estado Central. Es lo más eficaz. Eso implica privatizar los proveedores de servicios sanitarios y las aseguradoras. Para que se me entienda, hay que extender el modelo MUFACE a todos los ciudadanos, y el modelo ALCIRA a todos los agentes sanitarios. Que el Estado nos pague una póliza sanitaria, en la que quede bien clara la responsabilidad de las aseguradoras, y el posible estrago que han de asumir. Una clausula ha de especificar la morbilidad y mortalidad máxima a la que deben poder hacer frente, clausula que echo de menos en mi contrato social actual (y es que lo malo del contrato social es que, además de obligatorio, ha resultado ser opaco). Una lista de aseguradoras homologadas recibirán el pago de nuestra póliza directamente del Estado, la aseguradora que queramos, la que nos ofrezca los mejores profesionales o los centros más cómodos para nosotros. Las pólizas de la gente que viva en las zonas donde la provisión de la Sanidad no sería rentable para una empresa privada lo serian porque no podrán rechazar afiliaciones, y tendrán que dotar de igualdad en base a unos estándares de calidad baremados. El Estado nos garantizará la Sanidad pero no se dedicará a proveerla a base de costosos funcionarios y obra pública.
La verdadera igualdad entre los ciudadanos es en derechos y obligaciones, todo ese enfrentamiento entre sexos es la bolita de un inmenso trile que no nos deja ver que ya hay desigualdades en nuestros derechos no en función de nuestro sexo, sino de si vivimos en el campo o en la ciudad, o de si vivimos en una Comunidad Autónoma u otra, y, a veces, dentro de la misma ciudad, de si vivimos en los números pares o impares de una calle, ya que un lado pertenece a un sector sanitario que cuenta con aceleradores, por ejemplo y el otro, no.
Hay que privatizar las sanidad. Devolverla a los ciudadanos, no al Estado Central. Es lo más eficaz. Eso implica privatizar los proveedores de servicios sanitarios y las aseguradoras. Para que se me entienda, hay que extender el modelo MUFACE a todos los ciudadanos, y el modelo ALCIRA a todos los agentes sanitarios. Que el Estado nos pague una póliza sanitaria, en la que quede bien clara la responsabilidad de las aseguradoras, y el posible estrago que han de asumir. Una clausula ha de especificar la morbilidad y mortalidad máxima a la que deben poder hacer frente, clausula que echo de menos en mi contrato social actual (y es que lo malo del contrato social es que, además de obligatorio, ha resultado ser opaco). Una lista de aseguradoras homologadas recibirán el pago de nuestra póliza directamente del Estado, la aseguradora que queramos, la que nos ofrezca los mejores profesionales o los centros más cómodos para nosotros. Las pólizas de la gente que viva en las zonas donde la provisión de la Sanidad no sería rentable para una empresa privada lo serian porque no podrán rechazar afiliaciones, y tendrán que dotar de igualdad en base a unos estándares de calidad baremados. El Estado nos garantizará la Sanidad pero no se dedicará a proveerla a base de costosos funcionarios y obra pública.
La verdadera igualdad entre los ciudadanos es en derechos y obligaciones, todo ese enfrentamiento entre sexos es la bolita de un inmenso trile que no nos deja ver que ya hay desigualdades en nuestros derechos no en función de nuestro sexo, sino de si vivimos en el campo o en la ciudad, o de si vivimos en una Comunidad Autónoma u otra, y, a veces, dentro de la misma ciudad, de si vivimos en los números pares o impares de una calle, ya que un lado pertenece a un sector sanitario que cuenta con aceleradores, por ejemplo y el otro, no.
Es INHUMANO que la
gente no pueda acompañar a sus seres queridos en sus últimos
momentos. Incluso ante una pandemia, has de poder ofrecer a tus
asegurados (aunque sean de la Seguridad Social, o precisamente si
están asegurados en ella), una póliza que cubra su posible contagio
atendiendo a sus seres queridos. Aunque sea más cara. Estoy seguro
de que la mayoría de los ciudadanos están dispuestos a asumir ese
gasto.
Y un punto aparte
quiero dedicarlo a la oposición. Tradicionalmente, la oposición
tiene dos formas de actuar: una es oponerse frontalmente a lo que
diga el Gobierno y otra es exigir mayor dureza a las medidas que
proponga el Gobierno. Y esa forma de actuar, esa ceguera,
personificada en la figura icono del anterior régimen, Rompetechos,
debe cesar. La oposición tiene la obligación de analizar por sí
misma el problema, y no sólo proponer su propia solución, aunque
coincida parcialmente con la oficial, sino también actuar. Hay
Partidos de la oposición que tienen buenas y consolidadas redes de
militantes, gente capaz de ponerse a trabajar, con figuras útiles y
formadas para este caso. La oposición más radical al Gobierno
socialista nos habría metido en casa antes, habría colapsado antes
la economía. Que ya no entro en que algunos de ellos hayan sido
vectores de contagio, por hacer luego lo contrario que predicaban,
esa es otra historia que ya veremos luego cómo se resuelve.
En un sistema
privado, pasada la pandemia, las denuncias por mala praxis y por
desatención destrozarían las arcas de las aseguradoras. Han dejado
morir a la gente sin asistirles, no han proporcionado un servicio que
habríamos pagado. Sus gestores estarían no en la calle, sino en la
cárcel. Y, personalmente, es lo que creo que los políticos habrían
de tener en su futuro vital. Cárcel, expropiación y deshonra.