Coronavirus: crónica de una batalla perdida

Cuando escribo estas líneas, en España se cuentan 3.434 muertos, presumiblemente por coronavirus. 147 muertos más que en toda China. Y eso que China la habitan 1.395.380.000 personas, treinta veces más que en España. O lo que es lo mismo, la enfermedad en España está resultando del orden de treinta veces más mortífera que en China. Retengan ese dato en sus mentes.
Por lo que se ve,
vamos a superar a Italia en muertes, mientras que en el resto de la
UE parece simplemente que comen palomitas y contemplan el espectáculo
dantesco de la danza de la muerte de sus vecinos del sur.
Posiblemente me
precipito al escribir este artículo, y seguramente la pandemia
dejará un rastro pestilente en su viaje hacia el oeste, como ha
pasado en todas las pandemias anteriores. Europa y los Estados Unidos
sufrirán un fuerte golpe, como en prácticamente todas las naciones.
En teoría.
Describir la
actuación de nuestro gobierno sin soltar exabruptos es realizar un
ejercicio de misericordia para cualquier analista político.
Contemplar cómo peta una sanidad que ya se colapsaba con la gripe
común es como sostener el quinqué en el cuadro del Guernika de
Picasso, es abrir nuestros ojos al horror con mayúsculas, ver cómo
nuestros padres y ancianos son masticados y digeridos tumbados en el
pasillo de una sala de Urgencias, sin siquiera poder tenernos a su
lado.
Estoy seguro que,
cuando todo pase, el clamor será grande, o debería de serlo. En
Teoría.
En paralelo a todo
esto, todas nuestras fábricas e industrias han cerrado, mandando al
paro (no se engañen con los ERTEs, son sólo cremita moral para
engañar nuestras conciencias) a cientos de miles de españoles.
Dicen que por unas semanas, quizá meses. En Teoría.
En los primeros
análisis que realicé, pensaba en el terrible resultado que cerrar
España iba a suponer para su economía, que es lo mismo que decir,
descendiendo a la calle, en la pobreza, el hambre, el paro, la
desesperación. Y me pareció una locura.
Todo ello porque me
daba cuenta de que la principal razón por la que se cerraba el país
era porque, sencillamente, no había capacidad en la sanidad para
atender a tantos pacientes de golpe, así que el político, perdón,
el gestor, decidió amortiguarlo a base de intentar frenar el
contagio y con él, la avalancha de enfermos a un sistema sanitario
caro, ineficiente, fragmentado y obsoleto.
Para mí era
evidente que, si hubiesen habido el triple de UCIs, capaces de
digerir la avalancha, no habría hecho falta parar el país dándole
un tiro en la tripa a su industria. Como ha pasado en Alemania. Luego
habríamos lamentado la fiereza de una gripe y llorado a nuestros
muertos, pero sabiendo, como debemos saber todos los que estamos
encerrados en nuestra casa en este momento, que esas muertes eran
inevitables, que la ley de una peste no la para nadie, y que el
número de muertos habría sido el mismo.
Pero la suerte
estaba echada, como cuando caemos de un avión sin paracaídas. Las
UCIs necesarias no existían y, por mucho hospital de campaña que
montemos, no van a existir a tiempo. El gobierno ha preferido parar
una patada en la tripa con los testículos. El gestor ha hecho el
movimiento previsible, que es moverse, para que en la inacción no
rodase su cabeza. Se han movido tarde y mal, y ni siquiera logrará
aquello que buscaba. La sanidad se va a colapsar aun con todo y la
muerte va a campar por toda España a sus anchas. Han parado la
industria para poco, para nada.
Habrá notado el
lector que utilizo la palabra gestor y rehuyo la de político. No es
que quiera lavar la cara de los últimos, un político no deja de ser
alguien que ha de decidir cual es el mal menor y propiciarlo. Es
alguien que debe decidir entre que mueran treinta o treintamil. La
actuación que estamos contemplando ni de lejos se aproxima a ese
escenario.
Por mucho que
intenten desviar la atención de los ciudadanos hacia las residencias
de ancianos, mayoritariamente privadas, para en un repugnante
movimiento político se eche la culpa de la situación a una presunta
privatización (como si las residencias no estuviesen tan reguladas
como las escuelas), los ciudadanos han podido, esta vez, contemplar
la verdad. Una sanidad sin medios, médicos haciéndose batas con
bolsas de basura, gestores gastando cientos de millones en agua con
lejía, en vez de tests funcionales, estafados, histéricos,
vencidos. Ya no es que no hubiera UCIs, es que no había ni guantes,
ni mascarillas, ni previsión, ni dinero, nada.
Pero hete aquí que
China, efectivamente, sigue en marcha. Porque en realidad China no ha
sufrido el golpe, sólo una pequeña provincia. Y nos manda equipos
de protección y medicamentos. Aunque alguna empresa China estafe al
ministro casi medio millardo de nada. Y que va diciendo por ahí que
el virus no es cosa suya, que es algo de los yanquis. Produciendo
todos esos productos que nosotros ahora no podemos producir,
maniatados por nuestro gobierno, por militares y policías.
Degollando toda nuestra industria, paralizada, para su beneficio y el
de Alemania y USA. Qué bien jugado.
Y hete aquí que los
virólogos empiezan a descubrir que este virus es, curiosamente, más
virulento con un perfil genético concreto, el del europeo
mediterráneo. El que tenga cuajo que busque “tormenta de
citoquinas” en su navegador preferido.
Y espero que los
informes de inteligencia que le llegaron al gobierno no dijesen algo
así como que este virus era especialmente mortífero con los
mayores, porque a lo mejor en el retraso en el confinamiento hay más
dolo que ineptitud. Espero que la palabra pensiones no se haya
asomado a la mente de nuestros gestores. Qué trampa más bien
urdida, por su sencillez. En España ha funcionado la trampa para
malnacidos, eso debería decirnos algo. Ya se dijo que la anterior
crisis, la de 2008, (qué buenos tiempos aquellos) era, sobretodo,
una crisis moral. Es evidente que no la hemos superado, su causa
principal sigue vigente.
Y es descorazonador
ver cómo los partidos que más tendrían que denunciar todo esto, ni
siquiera llegan a realizar ese análisis. Se quedan en que PedroSánchez tenía que haber cerrado fronteras, y haber impuesto el
confinamiento antes y de forma más severa. Arrimando el ascua a su
famélica sardina intelectual. Cómo no veis lo que tenéis enfrente
de vuestras caras.
España como nación
ha perdido una batalla. Y eso en el mundo militar, descendiendo de
nuevo a nivel de calle, es contemplar heridos que se retuercen por el
suelo de dolor, sin trabajo, sin casa, sin futuro, llorando a los
suyos, víctimas mortales, padres que ya no nos acompañarán,
abuelos que se tragará el olvido antes de tiempo. Sangre y muerte,
literalmente, esputada de extenuados pulmones en su último estertor.
Literalmente.
Qui prod est:
España es el eslabón débil de Europa, y el sistema sanitario es
uno de los puntos débiles de España. Quién tendrá cuajo ahora de
decir que el español es uno de los sistemas más económicos del
mundo.
Conviene no olvidar.
Yo no voy a hacerlo. Y masticaré la rabia de esta derrota para que
su sabor amargo quede en mi memoria, sea para la justicia, sea para
la venganza.