URBANISMO E INDUSTRIA




Hace ya muchos años ayudé en la organización de unas jornadas sobre vivienda social y tutelada. Todas las instituciones sociales que participaron, de nuestra región y de otras, tenían una misma demanda básica en el tema de la vivienda social. Para que ellas pudieran generar sus programas de vivienda tutelada, afrontar el chabolismo vertical (este concepto muchos lo tendrán que consultar en su IA de cabecera), crear núcleos compartidos, ofrecer hogares de amparo, salvar de la calle al que gana un salario mínimo, en definitiva, todas, repito, todas, demandaban lo mismo: viviendas. Les faltaba la materia prima primordial. Y realizando un estudio rápido, salía que alrededor del 15% de las viviendas de Zaragoza, por ejemplo, estaban vacías, prácticamente como ahora. Las razones por las que esas viviendas no salen al mercado y desploman el precio del alquiler, para estar a disposición de los ciudadanos, incluyendo a los de menos recursos, todos las sabemos: se resumen en el miedo a la ocupación y el elevado coste de la vivienda nueva. No lo pongo ocupación con “k” porque ese tipo de sustracción tiene otras raíces sociopolíticas, y no voy a abrir hoy el melón de la cárcel de torrero, aunque me tienta. No. La razón de ser de este artículo viene de una reflexión muy primaria: nos viene un tiempo de una brutal reconversión industrial, la competitividad de las ciudades por atraer y retener las empresas va a ser feroz. Y sí, Zaragoza parte con la ventaja de la ventana logística, pero hay que ir un poco más allá. Desde un punto de vista económico, hay poco margen donde una administración pueda aportar para hacer su ciudad o región más atractiva, más competitiva, pero un buen sitio donde rascar es en el coste laboral. Es el principal factor que lastra la competitividad hoy en occidente, igualando costes de financiación, de ubicación, transporte, de efectividad… Ahora déjenme hacer simple un ejercicio de matemáticas: Si el coste mensual de la vivienda de un trabajador es de quinientos euros en vez de setecientos (no hago ahora distinción entre alquiler o hipoteca, en su día a día familiar es casi lo mismo) su salario puede casi doscientos euros más bajo sin que él, en realidad, tenga pérdida de poder adquisitivo. Y sí, es muy difícil para un ayuntamiento tomar medidas contra la ocupación, es una política que demana de mucho más arriba, desgraciadamente, pero sí puede hacer un esfuerzo en el abaratamiento del coste de la vivienda nueva. Alrededor del 25% del coste de la vivienda es el suelo, en Zaragoza, y quizá por ello no nos va tan mal en empleo e industria aquí (en el resto de grandes capitales españolas ronda el 40%, Bilbao y Barcelona, competencia directa, están orográficamente cercadas) un punto de rebaja en el coste del suelo se puede trasladar, casi automáticamente, en otro punto de rebaja del coste salarial imaginen una bajada de cinco puntos. Y tiene otra ventaja: con una masiva recalificación urbanística (que es lo que de verdad abarata el suelo) los capitales de inversión enfocarán más su foco en industria y otros activos antes que en especulación inmobiliaria, justo cuando somos más competitivos. Cabe hacer una reflexión en la idoneidad de romper y generar círculos viciosos y virtuosos en el crecimiento de nuestra ciudad.

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