Plurisocialismo
Imagínense
un político recién sacado del horno. Paco. Un chaval que hasta hace
poco era… yo que sé, auxiliar administrativo en una pequeña
empresa o mejor, un pequeño pueblo.
Imagínese
que por una de esas casualidades de la vida, en las últimas
elecciones su suerte dio una campanada y le eligieron… no sé,
concejal de su pueblo o diputado provincial.
Imagínese que, para más inri, su partido ha dado en ser el más votado o, en coalición con otro similar, simplemente tienen mayoría absoluta y pueden editar el boletín de su Ayuntamiento, Comunidad Autónoma o qué se yo, el propio BOE.
Nuestro
Paco es buena persona, honrado y cabal. Y de verdad quiere hacer
cosas para mejorar la vida de sus semejantes. Vamos, en principio una
excepción a lo que viene ser el panorama político nacional. Y
empieza a surgir la oportunidad de redactar leyes y mociones, edictos
y normas.
Pongamos
por ejemplo que, no sé, llega una directiva europea que dice que hay
que modificar una tasa o un impuesto para normalizarlo con el resto
de Europa. O deciden, por fin, poner una cuota a los que disfruten
de un vado. O hay que actualizar una derrama.
A
nuestro animado político, buen chaval, se le enciende la bombilla:
-¿Y si eximimos / abaratamos / prorrateamos la tasa a la gente sin recursos?- mejor aún, si nuestro Paco es de derechas ¿Y si reducimos la cuota, no sé, del ibi a las familias numerosas? O si Paco es de Izquierdas, a las mujeres desempleadas / maltratadas / inmigrantes / homosexuales / discapacitados… (lo dejo aquí porque como la izquierda es la dueña de los colectivos minoritarios -por definición, oprimidos- me podría tirar todo el artículo enumerándolos).
-¿Y si eximimos / abaratamos / prorrateamos la tasa a la gente sin recursos?- mejor aún, si nuestro Paco es de derechas ¿Y si reducimos la cuota, no sé, del ibi a las familias numerosas? O si Paco es de Izquierdas, a las mujeres desempleadas / maltratadas / inmigrantes / homosexuales / discapacitados… (lo dejo aquí porque como la izquierda es la dueña de los colectivos minoritarios -por definición, oprimidos- me podría tirar todo el artículo enumerándolos).
¡Qué
buena idea dicen sus compañeros! haremos una política social /
haremos una política progresista (ponga el renglón según le guste
que Paco sea de Izquierdas o de Derechas).
Pero
la cosa empieza a complicarse:
- ¿Y
si, aunque sea una familia numerosa, ésta está forrada?
-
Pues pondremos clausulas con topes de ingresos.
- Y
si aunque sea acaudalada, hay miembros enfermos o discapacitados ?
-
Pondremos otra clausula con las excepciones.
- ¿Y
si se encuentran en un barrio alejado y el desplazamiento les cuesta
más dinero?
-
Pues lo prorratearemos
Y
así sigue el debate entre los políticos, de buena voluntad,
definiendo quién merece y quien no el descuento, poniendo la
frontera a la pobreza, a la necesidad, a los que merecen el regalo y
a quienes no. Al final, después de varios tiras y aflojas, ve la luz
una nueva ordenanza o lo que sea, progresista, o social, o
democristiana. Que premia o privilegia a unos respecto de otros. Que
en esencia transfiere riqueza de unos a otros.
Pero
no hay privilegiados sin discriminados. La gente empieza a adherirse
a la ayuda, y a disfrutar del descuento o el regalo. Además, hay
voces que claman porque esas ayudas sean elevadas, los ayudados no
han de sentirse menos que los demás, su poder adquisitivo ha de ser
equivalente al de cualquier otro ciudadano (que sí es trabajador,
pero eso ya no lo dicen).
Al
principio no pasa nada. Pero al día siguiente, hay que sacar una
nueva ley. Y el proceso se repite. Como una lapa, a cada nueva ley
que nuestro Paco aprueba, se le pega una ayuda, un descuento, una
dádiva. La socialdemocracia se entremezcla en todas las acciones de la
legislatura de Paco como una enredadera a un roble. Todo tiene
ayudas, desde un vado a la tasa de basuras. A todo le acompaña un
tocho que define quien es merecedor de la caridad del grupo y quién
no. A veces sofisticado, otras veces no tanto. Y empieza a ser
dinero.
De
repente, alguien se da cuenta: Si me emancipo de mis padres, si
denuncio a mi pareja, si mi cuñada me firma un poquito (¡con qué
poquito!) de discapacidad, si tengo otro hijo… resulta que en
ayudas cobraré más que trabajando. En mi casa. Con la vida
regalada.
Y
poco a poco, toda la sociedad vira. Paco se encuentra con que los
presupuestos cada vez cuesta más cuadrarlos. Lo que entra en
impuestos, se va en ayudas. Llega un punto en que hay que pedir
préstamos para que se cierre el presupuesto, y al año siguiente hay
más gente necesitada y más ayudas que librar, y la deuda clama por
sus intereses… vuelta a endeudar. Los impuestos se suben, los
trabajadores no llegan a fin de mes, piden más salario a los
empresarios. Éstos, ven cómo se reducen los dividendos de sus
inversores, que se marchan a otros países. Suben los precios de sus
productos, pierden negocio fuera de su país, los ciudadanos aún ven
menguar más su dinero cuando van al mercado, algunos empresarios se
rinden y despiden a la gente. El sistema se vuelve subamortiguado
(perdón por mi guiño ingenieril a la Teoría de Sistemas, quiero
decir que las cosas van de mal en peor).
Y
entonces el cura del pueblo se acerca a nuestro honrado político:
-¿Qué
has hecho, Paco? La gente se agolpa en la iglesia, no tiene para
comer. No los necesitados, sino gente trabajadora. Sus sueldos ya no
les llegan para vivir. La gente pasa al lado de sus semejantes,
hambrientos, miran para otro lado.
- No
lo sé, Don Francisco, sólo hice lo que manda el evangelio.
-
Pero qué dices, Paco, el evangelio no dice que el Estado tenga que
ayudar, eso es obligación de cada persona. Ahora, mis feligreses
están tan desvalijados, en favor de las ayudas, que no creen que
tengan porqué ayudar a nadie. ¡ya han hecho bastante! ¡Los has
deshumanizado, son bestias!
- Yo
intenté hacer el bien, Don Francisco…
-
¿Tú? Eso lo tendrías que haber hecho con tu sueldo. Has tirado el
dinero de los demás… ¡hasta que los has arruinado!
- He
hecho caridad, Don Francisco. Lo que Ud. siempre nos dijo.
-
¡No es caridad, Paco! La caridad no entiende de legajos, cuando hay
que ayudar hay que hacerlo uno por uno, caso por caso. ¡Una persona,
una ayuda! Hay que ayudar lo justo para lograr la supervivencia, no
la dignidad. ¡Para vosotros una ayuda digna tiene que dar para tener
una televisión de cincuenta pulgadas!
- No
se preocupe, Don Francisco. Mañana vamos a aprobar una nueva ayuda,
una renta universal, todos tendrán un sueldo, la pobreza
desaparecerá…
Y
todo quiebra.
Los
deudores se quedan la riqueza del pueblo por cuatro duros, hay que
pagarles la deuda. Las leyes se vuelven papel mojado, no hay dinero
ya para nadie, aunque así lo dicte el Boletín Oficial.
La
ruina se ha establecido, los que podrían emprender han perdido su
ilusión, los que trabajaban ya no pueden hacerlo, se les ha olvidado
el oficio, no aprendieron las nuevas técnicas y en un país muy
lejano las dominan e imponen la ley del mercado.
Paco,
después de varios años, se jubila. Aunque es honrado, cuando la
pobreza acució se subió el sueldo, él nunca pasó hambre. Ni él ni
los funcionarios de su Ayuntamiento o Ministerio. Pudieron comprar
baratas las casas de los que se arruinaban, los coches que se
embargaban… Pero tienen la conciencia tranquila, nunca metieron la
mano en el dinero de la caja. Y han pasado su vida ayudando, la superioridad moral jamás les abandonó.
El
país colapsa, un nuevo régimen se alza, una nueva Constitución se
redacta, nuevas elecciones se celebran…
Y un
nuevo político sale del Horno. Con la carrera de derecho recién
acabada, Juan se incorpora a su consistorio, ha salido elegido
concejal… ¡está todo por hacer!
Juan
también quiere ayudar a sus semejantes...