Caridad, Solidaridad, Ayudas

Cuando discuto con colectivistas, (me gustaría haber podido usar el verbo debatir, pero seamos sinceros, no lo he conseguido nunca) uno de los argumentos que más me enerva es cuando te defienden el altruismo como base última de su ideología.
No. Es intolerable, por razones que prácticamente todos los lectores del ámbito liberal comprenden automáticamente. Suelo responder con una reflexion cuyo fundamento voy a intentar reproducir, aunque en la mayoría de los casos, (como a muchos colegas me consta que les pasa) es imposible relatar.
A mí me gusta el castellano porque, por razones etimológicas o de simple riqueza del lenguaje, palabras que parecen portar significados muy similares tienen matices praxeológicmente relevantes. Es el caso de la caridad, la solidaridad y las ayudas. Es curioso cómo términos que podrían considerarse sinónimos son usados o discriminados en su uso por el discurso colectivista, eso en sí ya nos da una pista.
Empezaré por el término Solidaridad. Yo entiendo que la solidaridad implica un acuerdo, un contrato entre partes que se mutualizan entre sí. Dicho contrato suele ser tácito, y se presupone vigente entre los miembros de una comunidad determinada. Y aunque sería largo de desarrollar, esta mutualidad hace referencia a daños personales o en el patrimonio, tengan esos causas naturales (climatología, incendios, enfermedades, etc) o humanas (agresiones, accidentes, etc) que afectan al nivel de la supervivencia. Es por ello que mutualidades como la Sanitaria exceden el campo de la solidaridad, nadie es solidario porque su póliza sanitaria (sea pública o privada) se use para curar el catarro o tratar el cáncer de alguien, o por pagar las cuotas de su pensión. Claro, la mezcolanza con las pensiones no contributivas o la atención sanitaria a no asegurados hace que la corrupción del lenguaje al que la izquierda nos tiene acostumbrados bastardee mutualidad y solidaridad. Pero aquí sabemos que son herramientas diferentes.
La Solidaridad por ello haría referencia a la financiación de la dependencia, de los medios de producción, de la alimentación o del alojamiento en caso, como digo, de ocurrir una desgracia. La existencia de un hito que la cause no es baladí, diferencia las situaciones de riesgo para la supervivencia por causas externas fortuitas de las que puedan surgir, por ejemplo, porque un individuo simplemente decide no trabajar.
Otra característica de la solidaridad es que la forma de provisión de dicha financiación es absolutamente discrecional, puede ser monetaria, en especie, en forma de trabajo… en cualquier caso la comunidad deberá conocer (siquiera sea aproximadamente) el tipo y cuantía, y por supuesto, al benefactor.
Otra mas, es que es circunstancial. Si un pastor pierde su rebaño, el resto de propietarios pueden aportarle unas reses cuya cuantía será relativamente evaluada no sólo en función del tamaño de sus propios rebaños, si no en el contexto de oportunidad socioeconómico, o sea, de la situación agropecuaria absoluta de la comunidad.
En cualquier caso, como en todo contrato de mutualidad, la principal característica es la voluntariedad. Está en tu libertad aceptarlo o no. Si entras a convivir en una comunidad con un determinado nivel consuetudinario de solidaridad, y uno de tus vecinos sufre un incendio, debes ser consciente de que se espera que aportes, en la medida de tus posibilidades, medios, que unidos a los del resto palíen el riesgo de supervivencia del afectado. Y no hacerlo puede implicar consecuencias sociales como el aislamiento y/o rechazo social, o mi favorito, el boicot comercial. Es maravilloso que, consuetudinariamente, dichas medidas tengan el principio de la no agresión como base, un día tengo que desarrollar el boicot (o preferencia) comercial como verdadero sustrato de una democracia liberal.
He desarrollado primero el término de solidaridad porque ahora me resultará más sencillo definir la caridad. La caridad es esa acción beneficiosa con un tercero pero que no está circunscrita a un contrato de solidaridad, ni en su cuantía ni en si es procedente y/o comunitariamente conveniente y además (o precisamente por todo ello) puede ser anónima. Obvia decir que, por definición, su carácter también es voluntario, y absolutamente discrecional. El agente benefactor tiene total libertad para ayudar a como, cuando y cuanto y a quien crea necesario, según sus propios criterios no clausulados (no hay contrato) sin que el resto de la sociedad tenga derecho a evaluar su idoneidad, ya que, como digo, excede a la solidaridad. Por razones fácilmente deducibles, el colectivismo repudia absolutamente este tipo de beneficencia, por incontrolable y porque suele provenir de los excedentes de riqueza de un individuo (la caridad bien entendida empieza por uno mismo) que el colectivismo aspira a expropiar para su corrupto concepto de reparto.
En el siguiente artículo entraré en la usurpación del altruismo por parte del estado actual, fuertemente socialdemócrata, que como enunciaba Orwell no tiene reparos es bastardear el idioma y rebajar la moral a un mero recurso dialéctico.
Decíamos que el altruismo, sea social (solidaridad) o sea individual (caridad), para poder denominarse como tal ha de ser, principalmente, voluntario. Esto es así porque no existen las buenas acciones obligatorias, es un contrasentido por definición. Eso, simplemente, es cumplir la ley (siquiera sea fiscal).
Etológicamente, el altruismo tiene una característica añadida muy poderosa, y es que antropológicamente los humanos tendemos a otorgar poder a aquellos que nos provisionan. Desde el gorila que desparasita a sus súbditos pero que luego espera complicidad en sus mandatos a los caciques que agasajan con migajas a sus vasallos. Hay una delgada y perversa línea entre una mutualidad tácita para desgracias entre individuos libres y responsables y la sumisión psicológica al proveedor. El individuo realmente emancipado debe saber diferenciar entre los recursos que le son otorgados TRAS su desgracia, y que de alguna manera le corresponden en un sistema intrínsecamente solidario, (ya que en otras circunstancias los papeles serían inversos) de aquellos que un intermediario artificial provee PREVIA extracción coactiva. La deuda moral que genera la solidaridad es con el resto de la sociedad y no con un ente o grupo que se arrogue su titularidad. Son sistemas radicalmente distintos.
El estado que se apropia del altruismo forzará esa sumisión y nos querrá en régimen de supervivencia, ya que toda la productividad más allá de la simplemente necesaria para estar en unos parámetros de morbididad y mortalidad optimizados, deberá ser detraida bajo la excusa de que es para su reparto más “justo” (que por cierto, que las ayudas estén basadas en el reparto y no en el ahorro como pasa con la solidaridad da para otro artículo). Y oye, puedo entender esa dialéctica, pero al menos que no tengan el cuajo de justificar que dicha sociedad estará basada en el altruismo de sus ciudadanos. Que alguien pague alegremente sus impuestos no le hace buena persona, solo le hace buen vasallo.
Obviamente, igual de onírico es pensar que todos los ciudadanos mutarán expontáneamente para exhibir una moral carente del altruismo, como pensar que los gobernantes harán lo mismo para convertirse en los ángeles de profunda sabiduría que repartirán de manera absolutamente desinteresada, antropológicamente perfecta y socialmente justa, si es que ese término puede adjetivarse sin que Dice nos arrase con su ira.
El carácter de las ayudas estatales es de obligatoriedad universal en su provisionado, y debe ser reglado y universal en su librado. Están normalizadas según un código moral político arbitrario. Gente con capacidad y recursos puede optar “injustamente” a recibirlas simplemente por atenerse a su literalidad. O viceversa. Aspiran a sustituir perversamente a la solidaridad, usurpando su carácter voluntario, endémico y circunstancial, y amputan al ser humano de una de sus características sociales fundamentales, el compromiso de provisionar los recursos para aplicarla, de proveerla libre y discrecionalmente y evaluar, de forma personalizada y subjetiva, si corresponde, lo que los demás aportan. Y lo peor no es que rompe un lazo troncal de la comunidad, sino que afecta a la propia identidad moral del individuo. Porque, después de haber aportado más de la mitad de tu renta a mutualidades que incluyen la atención a los no cotizantes, de soportar cargas impositivas en ayudas a dependencia, a vivienda, a la integración… después de ver tus excedentes consumidos y de que la otra mitad apenas dé para automantenerse hasta el punto de casi necesitar de aquellas ¿qué justifica observar con los desgraciados la solidaridad o, peor aún, la caridad? ¿qué argumento moral puede reprochársele a alguien que abandona a su suerte a su semejante, cuando él mismo está al borde de la supervivencia?
Y es que al final el Estado no comporta una moral humana, mejor o peor, sino una red de intereses diseñada para autosustentarse, según un instinto primate del poder. Por contra, la solidaridad
constituye un esquema de mercado en el que el altruismo humano va cubriendo las diferentes necesidades y patologías de la desgracia. Allí donde aparece una necesidad es evaluada en términos “mercantiles” de beneficio y coste/oportunidad altruista. No hay desgracia sin agentes dispuestos a cubrirla. En un sistema de ayudas, el Estado carece de información para organizarlas igual de óptimamente, como pasa en un mercado intervenido, y esto ni siquiera lo arregla su plurificación a todos los estratos administrativos (desde el Estado Central a la más mínima administración o institución pública). La absoluta arbitrariedad e incluso contradicción de todos esos tentáculos del Estado conforman un archipiélago de gasto cuyo sobrecoste asociado es ingente, y peor aún, por ineficaz, inmoral.
El primer hito de un gobierno liberal sería recentralizar las competencias en ayudas de todas las administraciones para posteriormente cederlas de vuelta a la sociedad civil, y eliminar con ello el poder que no demana de la ley sino de la sumisión.

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