La llave
Joan estaba dando los últimos toques a la llave, ya sabéis, afeitaba con el cepillo de acero las barbas que la fresa hace crecer. Sopló levemente, como si realmente el aire pudiese tener efecto en ella, como siempre, y la copia quedó lista. Una llave más, idéntica a la que reposaba aún entre los palpadores, brillaba en su mano.
Parecidos, -pensó en voz baja- somos los hombres, cada uno con nuestra combinación de hendiduras, únicas, imposibles de repetir.
Antes de engarzarla con sus hermanas, la sostuvo un rato más, poniéndola ante la luz, como un pintor que toma proporciones, y dejándose llevar por la tranquilidad de las tardes de octubre, jugó un poco más en su cabeza con la metáfora recién creada. Algunas hendiduras, leves y romas, otras, sin embargo, profundas y determinantes. Así es la experiencia humana, quizá. única, intransferible. Da igual que seas una llave de acero forjado que de pobre y falso latón, el caso es que abras puertas, que gires en tu lugar, que quedes conformado para encajar en algún sitio, para quedar con él.
En el cajón de las virutas, el otro filo de la metáfora le sobrecogió: desde allí le miraban, inertes, copias malogradas, aquellas que se vician porque la fresa se desgastó o partió, porque la presa falló, porque erró el artesano, porque se cambió la puerta que sostenía su par o, simplemente, porque sí. Se imaginó lo que suponían aquellas llaves, sin cerradura, sin las hendiduras correctas o deformadas por el azar, en su juego.
Que espantoso universo sería, pensó, si las personas viviesen en el mundo de las llaves. Algunos, los afortunados, tendrían la lengua, la raza, la familia, la educación, la formación correcta, todos con su sitio, girando útiles, y engarzados en un llavero coherente. Otros, simplemente, destinados a desaparecer.
Bueno, suspiró, aliviado por el pensamiento de saberse hombre y no llave. Al fondo una anciana elegía entre la estantería de los pestillos. Un poco más allá, su marido miraba sin ver, aburrido, el brillo de los llaveros.
-Buenas tardes- desde el otro lado de la tienda, un hombre joven llamó su atención.
Joan salió lentamente del cuarto de taller donde, recién apagada, la copiadora Saratoga emitía el ronco viaje a la inmovilidad. -¿Qué desea?-
-Querría uno de estos topes de goma para la puerta y...- el hombre joven, que no llegaba a mirarle a la cara, calló de repente, como haciendo acopio de valor, como si aquello fuese una farmacia en vez de una ferretería y estuviese a punto de pedirle preservativos...
-muy bien, dígame- Joan sonrió, amable.
-...bueno, verá, represento a una asociación cultural, queremos recuperar las tradiciones de esta tierra, seguro que habrá oido hablar de nosotros y... calló de nuevo, jugueteando con el taco de goma.
-si, claro, no faltaba más, me imagino que me vas a pedir si puedes colgar algún cartel- Joan se anticipó, al verle tan azorado.
-...bueno, sí, la cosa en el fondo va de carteles: como sin duda sabrá, la ley marca que los rótulos comerciales han de estar, al menos, en nuestra lengua, creemos que es un pequeño sacrificio que de largo compensa evitar que lo nuestro se pierda...
Joan quedó paralizado, el joven continuó:
-...Para evitar onerosas sanciones, creemos que es conveniente, por parte de los comerciantes, aplicar la medida cuanto antes; en su caso, es singularmente sencillo: Ferretería en nuestra lengua simplemente no lleva acento, sería una modificación de su rótulo que se podría hacer en cuestión de minutos, apenas tiene que molestarse...
-Joan callaba. El joven echó un último vistazo al fondo de la tienda, para no tener que cruzar la mirada de su interlocutor y poder levantar la mirada del mostrador.
-Piénselo,-el joven endureció, súbita y secamente, su voz.- No tiene mucho tiempo, hemos recibido quejas, y en esos casos, las cosas suelen precipitarse.- El joven se iba, el taco de goma quedaba en el mostrador, como perfecto pretexto.
-Buenas tardes.- y como vino, se fué.
Confuso aún, pensó en corto, en quién podría haberse quejado. El único enemigo conocido que tenía era una cadena extranjera de copias en el momento, una franquicia internacional que ponía inmigrantes con sueldos miserables a trabajar 24 horas al día...
Sin embargo, el mundo de Joan había dejado de girar, atascado en un acento. Su familia era de aquella tierra desde hacía generaciones, hablaba la lengua de la tierra mejor de lo que su último cliente la hablaría jamás, era un buen hombre, cabal y trabajador, honrado y generoso, y, sin embargo, el mundo, de golpe, le daba la espalda. Su sitio había quedado trabado, a la espera de una nueva muesca, no mas grande que un acento, para volver a girar, una breve limadura más, una de tantas que en la vida se hacen...
-Buenos tardes, patroncito, pero que mala cara me tiene... Pablo, su ayudante, un ecuatoriano chaparro y risueño, su acento lo delataba, entraba por la puerta, trayendo el último pedido y un breve y fresco viento otoñal se coló por la puerta, acompañándole.
-Necesitaré que me firme estos albaranes, no sea que mañana no pueda venir pronto, por lo de mi mujer, y el de la kangoo se enroje...- su universo parecía girar correctamente, todos los perrillos encajando, siguiendo la órbita de la vida; Pablo estaba a punto de ser padre por primera vez.
-Mañana a estas horas quizás tenga un ayudante más en el lugarito, para tallarle las llaves de los cofrecillos...
Joan miró a Pablo. Pensó que, aunque pequeño y cetrino, en sus rasgos se adivinaba que su abuelo, "el gallego" por designación, pero en realidad cántabro como el naranco, sin duda de la quinta de su padre, con quien quizá compartió alguna tarde de toros en Donosti, cuando viajaba a París a comprar herramienta, era tan español como el hijo que su nieto iba a tener. De repente, Pablo se apareció en su imaginación con un gorrito de la multinacional, sin poder ver crecer a su hijo, sin tallar su carácter, sin darle el linaje correcto, sin la riqueza debida, con el apellido equivocado...
Joan se imaginó, más allá, el mundo al que ese hijo vendría, el bisnieto de un republicano que luchó contra el caciquismo y perdió y huyó, y la metáfora de La Cerradura adquirió plenamente su significado.
Lentamente, Joan se retiró al cuartillo del taller, con los albaranes en la mano, sin recordar para qué los llevaba. De camino cogió una plaquilla de buzones de las de a 3 centímetros, y tras sentarse en la misma mesa donde su padre le enseñó a escribir, la talló como tantas antes, y tras darle un breve soplo, como siempre, y ayudado con su vieja escalera, y con un poco de celo, la pegó en la esquina de arriba de la luna del escaparate, en la zona que quedaba tapada por la verja.
Apretando los dientes, se juró dispuesto a reventar los perrillos de La Cerradura.
En la plaquilla se leía, en perfecta cursiva tallada a mano, a 3 milímetros el carácter:
Ferreteria Roures, S.L.
Parecidos, -pensó en voz baja- somos los hombres, cada uno con nuestra combinación de hendiduras, únicas, imposibles de repetir.
Antes de engarzarla con sus hermanas, la sostuvo un rato más, poniéndola ante la luz, como un pintor que toma proporciones, y dejándose llevar por la tranquilidad de las tardes de octubre, jugó un poco más en su cabeza con la metáfora recién creada. Algunas hendiduras, leves y romas, otras, sin embargo, profundas y determinantes. Así es la experiencia humana, quizá. única, intransferible. Da igual que seas una llave de acero forjado que de pobre y falso latón, el caso es que abras puertas, que gires en tu lugar, que quedes conformado para encajar en algún sitio, para quedar con él.
En el cajón de las virutas, el otro filo de la metáfora le sobrecogió: desde allí le miraban, inertes, copias malogradas, aquellas que se vician porque la fresa se desgastó o partió, porque la presa falló, porque erró el artesano, porque se cambió la puerta que sostenía su par o, simplemente, porque sí. Se imaginó lo que suponían aquellas llaves, sin cerradura, sin las hendiduras correctas o deformadas por el azar, en su juego.
Que espantoso universo sería, pensó, si las personas viviesen en el mundo de las llaves. Algunos, los afortunados, tendrían la lengua, la raza, la familia, la educación, la formación correcta, todos con su sitio, girando útiles, y engarzados en un llavero coherente. Otros, simplemente, destinados a desaparecer.
Bueno, suspiró, aliviado por el pensamiento de saberse hombre y no llave. Al fondo una anciana elegía entre la estantería de los pestillos. Un poco más allá, su marido miraba sin ver, aburrido, el brillo de los llaveros.
-Buenas tardes- desde el otro lado de la tienda, un hombre joven llamó su atención.
Joan salió lentamente del cuarto de taller donde, recién apagada, la copiadora Saratoga emitía el ronco viaje a la inmovilidad. -¿Qué desea?-
-Querría uno de estos topes de goma para la puerta y...- el hombre joven, que no llegaba a mirarle a la cara, calló de repente, como haciendo acopio de valor, como si aquello fuese una farmacia en vez de una ferretería y estuviese a punto de pedirle preservativos...
-muy bien, dígame- Joan sonrió, amable.
-...bueno, verá, represento a una asociación cultural, queremos recuperar las tradiciones de esta tierra, seguro que habrá oido hablar de nosotros y... calló de nuevo, jugueteando con el taco de goma.
-si, claro, no faltaba más, me imagino que me vas a pedir si puedes colgar algún cartel- Joan se anticipó, al verle tan azorado.
-...bueno, sí, la cosa en el fondo va de carteles: como sin duda sabrá, la ley marca que los rótulos comerciales han de estar, al menos, en nuestra lengua, creemos que es un pequeño sacrificio que de largo compensa evitar que lo nuestro se pierda...
Joan quedó paralizado, el joven continuó:
-...Para evitar onerosas sanciones, creemos que es conveniente, por parte de los comerciantes, aplicar la medida cuanto antes; en su caso, es singularmente sencillo: Ferretería en nuestra lengua simplemente no lleva acento, sería una modificación de su rótulo que se podría hacer en cuestión de minutos, apenas tiene que molestarse...
-Joan callaba. El joven echó un último vistazo al fondo de la tienda, para no tener que cruzar la mirada de su interlocutor y poder levantar la mirada del mostrador.
-Piénselo,-el joven endureció, súbita y secamente, su voz.- No tiene mucho tiempo, hemos recibido quejas, y en esos casos, las cosas suelen precipitarse.- El joven se iba, el taco de goma quedaba en el mostrador, como perfecto pretexto.
-Buenas tardes.- y como vino, se fué.
Confuso aún, pensó en corto, en quién podría haberse quejado. El único enemigo conocido que tenía era una cadena extranjera de copias en el momento, una franquicia internacional que ponía inmigrantes con sueldos miserables a trabajar 24 horas al día...
Sin embargo, el mundo de Joan había dejado de girar, atascado en un acento. Su familia era de aquella tierra desde hacía generaciones, hablaba la lengua de la tierra mejor de lo que su último cliente la hablaría jamás, era un buen hombre, cabal y trabajador, honrado y generoso, y, sin embargo, el mundo, de golpe, le daba la espalda. Su sitio había quedado trabado, a la espera de una nueva muesca, no mas grande que un acento, para volver a girar, una breve limadura más, una de tantas que en la vida se hacen...
-Buenos tardes, patroncito, pero que mala cara me tiene... Pablo, su ayudante, un ecuatoriano chaparro y risueño, su acento lo delataba, entraba por la puerta, trayendo el último pedido y un breve y fresco viento otoñal se coló por la puerta, acompañándole.
-Necesitaré que me firme estos albaranes, no sea que mañana no pueda venir pronto, por lo de mi mujer, y el de la kangoo se enroje...- su universo parecía girar correctamente, todos los perrillos encajando, siguiendo la órbita de la vida; Pablo estaba a punto de ser padre por primera vez.
-Mañana a estas horas quizás tenga un ayudante más en el lugarito, para tallarle las llaves de los cofrecillos...
Joan miró a Pablo. Pensó que, aunque pequeño y cetrino, en sus rasgos se adivinaba que su abuelo, "el gallego" por designación, pero en realidad cántabro como el naranco, sin duda de la quinta de su padre, con quien quizá compartió alguna tarde de toros en Donosti, cuando viajaba a París a comprar herramienta, era tan español como el hijo que su nieto iba a tener. De repente, Pablo se apareció en su imaginación con un gorrito de la multinacional, sin poder ver crecer a su hijo, sin tallar su carácter, sin darle el linaje correcto, sin la riqueza debida, con el apellido equivocado...
Joan se imaginó, más allá, el mundo al que ese hijo vendría, el bisnieto de un republicano que luchó contra el caciquismo y perdió y huyó, y la metáfora de La Cerradura adquirió plenamente su significado.
Lentamente, Joan se retiró al cuartillo del taller, con los albaranes en la mano, sin recordar para qué los llevaba. De camino cogió una plaquilla de buzones de las de a 3 centímetros, y tras sentarse en la misma mesa donde su padre le enseñó a escribir, la talló como tantas antes, y tras darle un breve soplo, como siempre, y ayudado con su vieja escalera, y con un poco de celo, la pegó en la esquina de arriba de la luna del escaparate, en la zona que quedaba tapada por la verja.
Apretando los dientes, se juró dispuesto a reventar los perrillos de La Cerradura.
En la plaquilla se leía, en perfecta cursiva tallada a mano, a 3 milímetros el carácter:
Ferreteria Roures, S.L.
