El cartel, súbitamente, asalta mi mente. En él, una bella chica, mira al espectador, mientras una máxima, en negrita, que parece surgida de sus labios, refuerza la imagen: “SOMOS ARAGÓN”. Sólo que esta vez, en este cartel, alguien ha tachado, con un spray negro, esta sencilla arenga. La técnica publicitaria se permite muchas licencias, y no es la primera vez que veo un anuncio con un símil de graffiti incluido. Pero no hay duda, el graffiti es auténtico, ya he visto otros carteles similares publicitando el estatuto aragonés.
El texto añadido, a continuación del tachón, a mano, es sencillo: “NO SOIS ARAGÓN, ¡SOIS PERSONAS!”. El mensaje, por contra, de una profundidad insondable: “No sois un piazo de terruño”. Mi mente tiene un avanzado filtro para la publicidad, pero este caso, sin duda, ha conseguido saltarse los filtros y obligarme a prestarle atención. Es el texto que si tuviese veinte años, yo mismo habría escrito.
La publicidad es cara, eso es algo que los que somos un poco empresarios sabemos, y más si hemos tenido la humorada de dedicarnos algo a la política. La campaña, promocionando el estatuto aragonés, ha debido costar sus buenos euros. Contrasta con un simple añadido de spray negro, que no costará más allá de unos céntimos. Como he dicho antes, tengo un buen filtro para la publicidad, pero este cartel en concreto queda un rato en mi memoria y me lleva a reflexionar sobre lo que ha sido la autonomía en Aragón estos últimos años. Un estatuto aprobado poco menos que “de estrangis”, y que ahora nos venden como si fuese La Seo, como si nos acompañase desde hace siglos. Un buen amigo, profesor, y que tuvo que marchar de Barcelona porque no podía soportar ver cómo se desperdiciaba el talento por alimentarlo en una lengua distinta de la que sus alumnos manejaban, (y porque el resto de sus compañeros le hacían la vida imposible, dicho sea de paso) me dice que, viendo los carteles de marras, se siente veinte años más joven, que le llevan a una Barcelona distinta, en un tiempo distinto. Supongo que la expresión que buscaba era “Flash Back”, aunque a mí, en ese momento, lo que me venía a la mente era el que, por primera vez, los aragoneses, respecto de los catalanes, no nos llevábamos veinte años de atraso, sino simplemente que estábamos veinte años antes. Y ya sabemos lo que viene y lo que nos traen.
La conversación derivó por otros andurriales, irreproducibles en este momento, para concluir con un “no queda ya izquierda en España”. Mirando este cartel, y su espontáneo añadido, pienso que quizá sí queda algo de irreverente y políticamente incorrecta izquierda, pero claro, como siempre, pobre. Graffitis contra carteles. Uno a cero.
Puedes ver este artículo de opinión en El Librepensador e incluso en Aragón Liberal y también en Aragón Digital
Wednesday, April 8, 2009
Thursday, March 19, 2009
RESUCITAR A MONTESQUIEU Y MATAR A ROUSSEAU
...Es una forma de simplificar lo que pienso sobre la justicia.
La división de poderes expuesta por Montesquieu es, a día de hoy, la forma en la que la libertad se siente más cómoda. Pensar que en España se llegó a cuestionar este precepto en democracia, hace que a uno le suba una garrampa por la espalda.
Por otro lado, recuerdo una clase de derecho en la que, siendo universitario, me colé, para ver qué era aquello. Yo estudiaba ingeniería, y me fascinó que se pudiesen estudiar opiniones e ideas abstractas, como la propiedad, viniendo de una carrera donde dos y dos eran cuatro y si te salía 4,0001 estabas suspendido.
En aquella clase, el profesor enunció una suerte de axioma: "No hay pena sin dolo" o lo que es lo mismo: No te pueden encerrar si no eres culpable (en el sentido malvado de culpa). Eso estaba muy bien, porque si se oxidaba la barandilla y se te caía un tiesto por accidente, dañando a alguien, pues no te enchironaban. Pero se deja de lado una cosa: Si estás enfermo, no eres responsable y, por lo tanto, no eres culpable.
Eso abre la puerta a la injusticia, y lo vemos en nuestra sociedad, cuando el culpable no lo es por loco o menor o iluminado.
La filosofía rousseauniana de que todo el mundo es chachi y si haces algo malo es por culpa de la sociedad que es imperfecta porque aún no vivimos en la utopía, debe terminar. Rousseau debe morir.
Hay gente mala por naturaleza, y a la sociedad hay que protegerla de esta gente. La prioridad debe ser la rehabilitación desde antes de entrar en la cárcel, debe ser considerada en el mismo juicio que condena. Por ello, puedo entender que un terrorista que piense que haciendo el mal consigue aún más bien, puede tener un cierto aire de romanticismo. Pero para que la sociedad le deje reintegrarse, como mínimo debe ser consciente de la monstruosidad que ha hecho, por ello necesitar del perdón de sus víctimas, y para ello estaría bien seguir el ejemplo de algunos paises árabes donde a los islamistas radicales empiezan por desprogramarlos, siguen por educarlos y terminan buscándoles pareja. (No hace falta seguir literalmente ese esquema en occidente) pero desprogramar deberia ser la primera terapia.
Lo segundo, es que un psicópata lo es desde crío, y si se diagnostica como psicópata, a una persona no se le puede reintegrar hasta que esté curada, o sea, nunca.
No hay pena, sino terapia. No se puede reintegrar a la sociedad a quien esté enfermo. Y hay gente que no se cura, y pacientes crónicos. Cadena perpétua. (La pena de muerte es una monstruosidad). La condena se dicta mirando al reo, no a la familia. Menos jurado y más médicos colegiados.
Quizá empecemos a darnos cuenta que el derecho penal debería ser una especialidad médica.
La división de poderes expuesta por Montesquieu es, a día de hoy, la forma en la que la libertad se siente más cómoda. Pensar que en España se llegó a cuestionar este precepto en democracia, hace que a uno le suba una garrampa por la espalda.
Por otro lado, recuerdo una clase de derecho en la que, siendo universitario, me colé, para ver qué era aquello. Yo estudiaba ingeniería, y me fascinó que se pudiesen estudiar opiniones e ideas abstractas, como la propiedad, viniendo de una carrera donde dos y dos eran cuatro y si te salía 4,0001 estabas suspendido.
En aquella clase, el profesor enunció una suerte de axioma: "No hay pena sin dolo" o lo que es lo mismo: No te pueden encerrar si no eres culpable (en el sentido malvado de culpa). Eso estaba muy bien, porque si se oxidaba la barandilla y se te caía un tiesto por accidente, dañando a alguien, pues no te enchironaban. Pero se deja de lado una cosa: Si estás enfermo, no eres responsable y, por lo tanto, no eres culpable.
Eso abre la puerta a la injusticia, y lo vemos en nuestra sociedad, cuando el culpable no lo es por loco o menor o iluminado.
La filosofía rousseauniana de que todo el mundo es chachi y si haces algo malo es por culpa de la sociedad que es imperfecta porque aún no vivimos en la utopía, debe terminar. Rousseau debe morir.
Hay gente mala por naturaleza, y a la sociedad hay que protegerla de esta gente. La prioridad debe ser la rehabilitación desde antes de entrar en la cárcel, debe ser considerada en el mismo juicio que condena. Por ello, puedo entender que un terrorista que piense que haciendo el mal consigue aún más bien, puede tener un cierto aire de romanticismo. Pero para que la sociedad le deje reintegrarse, como mínimo debe ser consciente de la monstruosidad que ha hecho, por ello necesitar del perdón de sus víctimas, y para ello estaría bien seguir el ejemplo de algunos paises árabes donde a los islamistas radicales empiezan por desprogramarlos, siguen por educarlos y terminan buscándoles pareja. (No hace falta seguir literalmente ese esquema en occidente) pero desprogramar deberia ser la primera terapia.
Lo segundo, es que un psicópata lo es desde crío, y si se diagnostica como psicópata, a una persona no se le puede reintegrar hasta que esté curada, o sea, nunca.
No hay pena, sino terapia. No se puede reintegrar a la sociedad a quien esté enfermo. Y hay gente que no se cura, y pacientes crónicos. Cadena perpétua. (La pena de muerte es una monstruosidad). La condena se dicta mirando al reo, no a la familia. Menos jurado y más médicos colegiados.
Quizá empecemos a darnos cuenta que el derecho penal debería ser una especialidad médica.
Tuesday, January 20, 2009
LEY DE LENGUAS, DE BOCAS, O DE ESTÓMAGOS
PSOE y PAR no acaban de ponerse de acuerdo con el texto de la largamente anunciada ley de lenguas. Voy a ser malpensado, pero me temo que no se trata de discusiones acerca de la garantía de que dicha ley no esté por encima de derechos fundamentales como la educación, la sanidad o la justicia. Más bien pareciese que la pugna fuera por delimitar que comarcas entran dentro de uno u otro color. Por lo menos, los aragoneses sabremos por fín para qué nos metimos en el lío de la dichosa comarcalización. (Hago un inciso para hacer notar que mi versión de procesador de textos no reconoce la palabra comarcalización, he de agregarla al diccionario, si quiero que no se extrañe cada vez que la escriba)
Tal quedará el mapa aragonés con una boina y una capa, mostrando áreas en las que el Catalán y el Aragonés serán, desgraciadamente, algo más que ley. Sólo que ni el Catalán es Catalán ni el Aragonés, Aragonés. Y es que aragonesas son todas las hablas que se pronuncian en nuestra tierra, y que además, no son pocas, Español, Ansotano, Fragatino, Rumano, Árabe… nunca un nombre para denominar una lengua fue tan falaz. Puedo admitir Fablas, o Hablas Altoaragonesas, pero Aragonés es una denominación tan peregrina como que ahora, los alemanes, invocando a los bárbaros que desalojaron a Roma, diesen en llamar Europeo al Alemán.
Otra cosa que tendrá la ley es que desaparecerá la denominación en plural. Se acabaron el Cheso, Batués y Ansotano, bienvenida la Fabla. Se acabaron el Fragatino, el Maellano, etc. loas al Catalán, (que algunos compañeros de partido me piden que denomine como Pompeués) y que aquí, algunos indocumentados, quieren dejar también en singular (por las mismas razones pero bajo distinta boina) con la folclórica denominación de Chapurreau.
Es francamente curioso que, desde posiciones progresistas, se aliente una ley con un espíritu, en origen, tan profundamente reaccionario. Porque si buscamos una razón social, ¿Qué impide a las comunidades rumanas, marroquíes o polacas su inclusión en la ley? Porque son unos cuantos (bastantes más que hablantes de las Fablas, por cierto) y seguro que ellos sí tienen problemas de entendimiento cuando van al Ayuntamiento o a un juzgado.
Del otro lado, dicen que se trata de una medida para conservar el patrimonio, pero, también es patrimonio La Seo o el monasterio de San Juan de la Peña, y no habría de aprender la planta en Hallenkirche de una o saber encuadrar en el románico mozárabe al otro para que me dieran trabajo, y peor aún, que mis hijos debieran supeditar el conocimiento de las matemáticas, y por tanto, el cálculo de la hipoteca que regirá sus vidas, a que puedan leer con claridad sus cuadernos a través de unas lentes hechas con los cristales de colores de las vidrieras de la catedral de Jaca.
No, el proyecto detrás de la ley de lenguas, (y de barbas ajenas podemos aprender), es algo más que recuperación del patrimonio; asimilará la lengua a la ideología, como si por hablar en Catalán uno dejase de ser corrupto, o reaccionario, como si por hablar Español uno fuese un facha caduco.
La sociedad aragonesa va a tener, en los próximos años, que recordar la lección ya dada en Europa de qué es lo que pasa cuando Nacionalismo y Socialismo se unen en sacrílego matrimonio.
Puedes ver esta carta en Aragón Digital
Tal quedará el mapa aragonés con una boina y una capa, mostrando áreas en las que el Catalán y el Aragonés serán, desgraciadamente, algo más que ley. Sólo que ni el Catalán es Catalán ni el Aragonés, Aragonés. Y es que aragonesas son todas las hablas que se pronuncian en nuestra tierra, y que además, no son pocas, Español, Ansotano, Fragatino, Rumano, Árabe… nunca un nombre para denominar una lengua fue tan falaz. Puedo admitir Fablas, o Hablas Altoaragonesas, pero Aragonés es una denominación tan peregrina como que ahora, los alemanes, invocando a los bárbaros que desalojaron a Roma, diesen en llamar Europeo al Alemán.
Otra cosa que tendrá la ley es que desaparecerá la denominación en plural. Se acabaron el Cheso, Batués y Ansotano, bienvenida la Fabla. Se acabaron el Fragatino, el Maellano, etc. loas al Catalán, (que algunos compañeros de partido me piden que denomine como Pompeués) y que aquí, algunos indocumentados, quieren dejar también en singular (por las mismas razones pero bajo distinta boina) con la folclórica denominación de Chapurreau.
Es francamente curioso que, desde posiciones progresistas, se aliente una ley con un espíritu, en origen, tan profundamente reaccionario. Porque si buscamos una razón social, ¿Qué impide a las comunidades rumanas, marroquíes o polacas su inclusión en la ley? Porque son unos cuantos (bastantes más que hablantes de las Fablas, por cierto) y seguro que ellos sí tienen problemas de entendimiento cuando van al Ayuntamiento o a un juzgado.
Del otro lado, dicen que se trata de una medida para conservar el patrimonio, pero, también es patrimonio La Seo o el monasterio de San Juan de la Peña, y no habría de aprender la planta en Hallenkirche de una o saber encuadrar en el románico mozárabe al otro para que me dieran trabajo, y peor aún, que mis hijos debieran supeditar el conocimiento de las matemáticas, y por tanto, el cálculo de la hipoteca que regirá sus vidas, a que puedan leer con claridad sus cuadernos a través de unas lentes hechas con los cristales de colores de las vidrieras de la catedral de Jaca.
No, el proyecto detrás de la ley de lenguas, (y de barbas ajenas podemos aprender), es algo más que recuperación del patrimonio; asimilará la lengua a la ideología, como si por hablar en Catalán uno dejase de ser corrupto, o reaccionario, como si por hablar Español uno fuese un facha caduco.
La sociedad aragonesa va a tener, en los próximos años, que recordar la lección ya dada en Europa de qué es lo que pasa cuando Nacionalismo y Socialismo se unen en sacrílego matrimonio.
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Tuesday, November 11, 2008
Liberal en lo económico, Social Demócrata en lo social
Bueno, asumo que ser de Izquierdas es querer que la riqueza se reparta de manera justa, y que aquellos que tienen menos tengan, por lo menos, los servicios básicos cubiertos con el esfuerzo y la solidaridad de todos.
Bajo mi punto de vista, la libertad económica forma parte de las libertades individuales, y es obligación del Estado garantizarlas. Por ello creo que la primera medida intervencionista de un Estado sería garantizar que los mercados en los que se abastecen sus ciudadanos sean totalmente libres, y que se respeten los derechos fundamentales de los trabajadores que lo suplen, entre otros.
Por supuesto, considero que el estado de bienestar es un avance irrenunciable de la sociedad moderna, y es deber fundamental del estado garantizarlo. Garantizarlo, pero no necesariamente proveerlo. Un estado Social Demócrata puede conjugarse perfectamente con un sistema Liberal, los servicios al ciudadano (en su calidad y número estaría el grado de Social Democracia) pueden otorgarse desde el propio mercado, y abonarse por la hacienda pública u otros mecanismos colectivos públicos.
El actual sistema, fuertemente intervencionista, ha generado un clientelismo social tendente a que existan amplios sectores proclives al poder en tanto no pierdan un estatus de privilegio respecto del estatuto del resto de trabajadores no públicos, lo que constituye un grave atentado contra la eficacia de la administración y la hacienda pública. En otras palabras, el excesivo empleo público puede crear y crea un clientelismo más favorecedor de sistemas autoritarios que libres, ya que un amplio sector de la sociedad, el de los trabajadores públicos, está coaccionado por el propio estado en cuanto sus jefes son, de facto, devinientes del poder político.
Esto ya lo entendieron perfectamente regímenes totalitarios que gobernaron España recientemente. No en vano el sistema de bienestar social es heredado directamente de los mismos (aunque tampoco fueron sus padres) pero no lo eliminaron. Puede resultar paradójico decir que un sistema como el Norteamericano es más de derechas que el Franquista, aunque sea más democrático. (Esto, si no has visitado www.politicalcompass.org es posible que no lo entiendas)
La sociedad, cuanto menor empleo público, más libre en términos relativos y absolutos, siempre que dicho empleo público sea racionalmente menos eficaz que el que el mercado puede proveer. No entiendo porqué estatutos de trabajadores públicos y privados han de ser distintos en razón del contratante. Atenta contra la igualdad.
Bajo mi punto de vista, la libertad económica forma parte de las libertades individuales, y es obligación del Estado garantizarlas. Por ello creo que la primera medida intervencionista de un Estado sería garantizar que los mercados en los que se abastecen sus ciudadanos sean totalmente libres, y que se respeten los derechos fundamentales de los trabajadores que lo suplen, entre otros.
Por supuesto, considero que el estado de bienestar es un avance irrenunciable de la sociedad moderna, y es deber fundamental del estado garantizarlo. Garantizarlo, pero no necesariamente proveerlo. Un estado Social Demócrata puede conjugarse perfectamente con un sistema Liberal, los servicios al ciudadano (en su calidad y número estaría el grado de Social Democracia) pueden otorgarse desde el propio mercado, y abonarse por la hacienda pública u otros mecanismos colectivos públicos.
El actual sistema, fuertemente intervencionista, ha generado un clientelismo social tendente a que existan amplios sectores proclives al poder en tanto no pierdan un estatus de privilegio respecto del estatuto del resto de trabajadores no públicos, lo que constituye un grave atentado contra la eficacia de la administración y la hacienda pública. En otras palabras, el excesivo empleo público puede crear y crea un clientelismo más favorecedor de sistemas autoritarios que libres, ya que un amplio sector de la sociedad, el de los trabajadores públicos, está coaccionado por el propio estado en cuanto sus jefes son, de facto, devinientes del poder político.
Esto ya lo entendieron perfectamente regímenes totalitarios que gobernaron España recientemente. No en vano el sistema de bienestar social es heredado directamente de los mismos (aunque tampoco fueron sus padres) pero no lo eliminaron. Puede resultar paradójico decir que un sistema como el Norteamericano es más de derechas que el Franquista, aunque sea más democrático. (Esto, si no has visitado www.politicalcompass.org es posible que no lo entiendas)
La sociedad, cuanto menor empleo público, más libre en términos relativos y absolutos, siempre que dicho empleo público sea racionalmente menos eficaz que el que el mercado puede proveer. No entiendo porqué estatutos de trabajadores públicos y privados han de ser distintos en razón del contratante. Atenta contra la igualdad.
Monday, October 13, 2008
La lláve
Joan estaba dando los últimos toques a la llave, ya sabeis, afeitaba con el cepillo de acero las barbas que la fresa hace crecer. Sopló levemente, como si realmente el aire pudiese tener efecto en ella, como siempre, y la copia quedó lista. Una llave más, idéntica a la que reposaba aún entre los palpadores, brillaba en su mano.
Parecidos, -pensó en voz baja- somos los hombres, cada uno con nuestra combinación de hendiduras, únicas, imposibles de repetir.
Antes de engarzarla con sus hermanas, la sostuvo un rato más, poniéndola ante la luz, como un pintor que toma proporciones, y dejándose llevar por la tranquilidad de las tardes de octubre, jugó un poco más en su cabeza con la metáfora recién creada. Algunas hendiduras, leves y romas, otras, sin embargo, profundas y determinantes. Así es la experiencia humana, quizá. única, intransferible. Da igual que seas una llave de acero forjado que de pobre y falso latón, el caso es que abras puertas, que gires en tu lugar, que quedes conformado para encajar en algún sitio, para quedar con él.
En el cajón de las virutas, el otro filo de la metáfora le sobrecogió: desde allí le miraban, inertes, copias malogradas, aquellas que se vician porque la fresa se desgastó o partió, porque la presa falló, porque erró el artesano, porque se cambió la puerta que sostenía su par o, simplemente, porque sí. Se imaginó lo que suponían aquellas llaves, sin cerradura, sin las hendiduras correctas o deformadas por el azar, en su juego.
Que espantoso universo sería, pensó, si las personas viviesen en el mundo de las llaves. Algunos, los afortunados, tendrían la lengua, la raza, la familia, la educación, la formación correcta, todos con su sitio, girando útiles, y engarzados en un llavero coherente. Otros, simplemente, destinados a desaparecer.
Bueno, suspiró, aliviviado por el pensamiento de saberse hombre y no llave. Al fondo una anciana elegía entre la estantería de los pestillos. Un poco más allá, su marido miraba sin ver, aburrido, el brillo de los llaveros.
-Buenas tardes- desde el otro lado de la tienda, un hombre joven llamó su atención.
Joan salió lentamente del cuarto de taller donde, recién apagada, la copiadora Saratoga emitía el ronco viaje a la inmovilidad. -¿Qué desea?-
-Querría uno de estos topes de goma para la puerta y...- el hombre joven, que no llegaba a mirarle a la cara, calló de repente, como haciendo acopio de valor, como si aquello fuese una farmacia en vez de una ferretería y estuviese a punto de pedirle preservativos...
-muy bien, dígame- Joan sonrió, amable.
-...bueno, verá, represento a una asociación cultural, queremos recuperar las tradiciones de esta tierra, seguro que habrá oido hablar de nosotros y... calló de nuevo, jugueteando con el taco de goma.
-si, claro, no faltaba más, me imagino que me vas a pedir si puedes colgar algún cartel- Joan se anticipó, al verle tan azorado.
-...bueno, sí, la cosa en el fondo va de carteles: como sin duda sabrá, la ley marca que los rótulos comerciales han de estar, al menos, en nuestra lengua, creemos que es un pequeño sacrificio que de largo compensa evitar que lo nuestro se pierda...
Joan quedó paralizado, el joven continuó:
-...Para evitar onerosas sanciones, creemos que es conveniente, por parte de los comerciantes, aplicar la medida cuanto antes; en su caso, es singularmente sencillo: Ferretería en nuestra lengua símplemente no lleva acento, sería una modificación de su rótulo que se podría hacer en cuestión de minutos, apenas tiene que molestarse...
-Joan callaba. El jóven echó un último vistazo al fondo de la tienda, para no tener que cruzar la mirada de su interlocutor y poder levantar la mirada del mostrador.
-Piénselo,-el jóven endureció, súbita y secamente, su voz.- No tiene mucho tiempo, hemos recibido quejas, y en esos casos, las cosas suelen precipitarse.- El joven se iba, el taco de goma quedaba en el mostrador, como perfecto pretexto.
-Buenas tardes.- y como vino, se fué.
Confuso aún, pensó en corto, en quién podría haberse quejado. El único enemigo conocido que tenía era una cadena extranjera de copias en el momento, una franquicia internacional que ponía inmigrantes con sueldos miserables a trabajar 24 horas al día...
Sin embargo, el mundo de Joan había dejado de girar, atascado en un acento. Su familia era de aquella tierra desde hacía generaciones, hablaba la lengua de la tierra mejor de lo que su último cliente la hablaría jamás, era un buen hombre, cabal y trabajador, honrado y generoso, y, sin embargo, el mundo, de golpe, le daba la espalda. Su sitio había quedado trabado, a la espera de una nueva muesca, no mas grande que un acento, para volver a girar, una breve limadura más, una de tantas que en la vida se hacen...
-Buenos tardes, patroncito, pero que mala cara me tiene... Pablo, su ayudante, un ecuatoriano chaparro y risueño, su acento lo delataba, entraba por la puerta, trayendo el último pedido y un breve y fresco viento otoñal se coló por la puerta, acompañándole.
-Necesitaré que me firme estos albaranes, no sea que mañana no pueda venir pronto, por lo de mi mujer, y el de la kangoo se enroje...- su universo parecía girar correctamente, todos los perrillos encajando, siguiendo la órbita de la vida; Pablo estaba a punto de ser padre por primera vez.
-Mañana a estas horas quizás tenga un ayudante más en el lugarito, para tallarle las llaves de los cofrecillos...
Joan miró a Pablo. Pensó que, aunque pequeño y cetrino, en sus rasgos se adivinaba que su abuelo, "el gallego" por designación, pero en realidad cántabro como el naranco, sin duda de la quinta de su padre, con quien quizá compartió alguna tarde de toros en Donosti, cuando viajaba a París a comprar herramienta, era tan español como el hijo que su nieto iba a tener. De repente, Pablo se apareció en su imaginación con un gorrito de la multinacional, sin poder ver crecer a su hijo, sin tallar su caracter, sin darle el linaje correcto, sin la riqueza debida, con el apellido equivocado...
Joan se imaginó, más allá, el mundo al que ese hijo vendría, el bisnieto de un republicano que luchó contra el caciquismo y perdió y huyó, y la metáfora de La Cerradura adquirió plenamente su significado.
Lentamente, Joan se retiró al cuartillo del taller, con los albaranes en la mano, sin recordar para qué los llevaba. De camino cogió una plaquilla de buzones de las de a 3 centímetros, y tras sentarse en la misma mesa donde su padre le enseñó a escribir, la talló como tantas antes, y tras darle un breve soplo, como siempre, y ayudado con su vieja escalera, y con un poco de celo, la pegó en la esquina de arriba de la luna del escaparate, en la zona que quedaba tapada por la verja.
Apretando los dientes, se juró dispuesto a reventar los perrillos de La Cerradura.
En la plaquilla se leía, en perfecta cursiva tallada a mano, a 3 milímetros el caracter:
Ferreteria Roures, S.L.
Parecidos, -pensó en voz baja- somos los hombres, cada uno con nuestra combinación de hendiduras, únicas, imposibles de repetir.
Antes de engarzarla con sus hermanas, la sostuvo un rato más, poniéndola ante la luz, como un pintor que toma proporciones, y dejándose llevar por la tranquilidad de las tardes de octubre, jugó un poco más en su cabeza con la metáfora recién creada. Algunas hendiduras, leves y romas, otras, sin embargo, profundas y determinantes. Así es la experiencia humana, quizá. única, intransferible. Da igual que seas una llave de acero forjado que de pobre y falso latón, el caso es que abras puertas, que gires en tu lugar, que quedes conformado para encajar en algún sitio, para quedar con él.
En el cajón de las virutas, el otro filo de la metáfora le sobrecogió: desde allí le miraban, inertes, copias malogradas, aquellas que se vician porque la fresa se desgastó o partió, porque la presa falló, porque erró el artesano, porque se cambió la puerta que sostenía su par o, simplemente, porque sí. Se imaginó lo que suponían aquellas llaves, sin cerradura, sin las hendiduras correctas o deformadas por el azar, en su juego.
Que espantoso universo sería, pensó, si las personas viviesen en el mundo de las llaves. Algunos, los afortunados, tendrían la lengua, la raza, la familia, la educación, la formación correcta, todos con su sitio, girando útiles, y engarzados en un llavero coherente. Otros, simplemente, destinados a desaparecer.
Bueno, suspiró, aliviviado por el pensamiento de saberse hombre y no llave. Al fondo una anciana elegía entre la estantería de los pestillos. Un poco más allá, su marido miraba sin ver, aburrido, el brillo de los llaveros.
-Buenas tardes- desde el otro lado de la tienda, un hombre joven llamó su atención.
Joan salió lentamente del cuarto de taller donde, recién apagada, la copiadora Saratoga emitía el ronco viaje a la inmovilidad. -¿Qué desea?-
-Querría uno de estos topes de goma para la puerta y...- el hombre joven, que no llegaba a mirarle a la cara, calló de repente, como haciendo acopio de valor, como si aquello fuese una farmacia en vez de una ferretería y estuviese a punto de pedirle preservativos...
-muy bien, dígame- Joan sonrió, amable.
-...bueno, verá, represento a una asociación cultural, queremos recuperar las tradiciones de esta tierra, seguro que habrá oido hablar de nosotros y... calló de nuevo, jugueteando con el taco de goma.
-si, claro, no faltaba más, me imagino que me vas a pedir si puedes colgar algún cartel- Joan se anticipó, al verle tan azorado.
-...bueno, sí, la cosa en el fondo va de carteles: como sin duda sabrá, la ley marca que los rótulos comerciales han de estar, al menos, en nuestra lengua, creemos que es un pequeño sacrificio que de largo compensa evitar que lo nuestro se pierda...
Joan quedó paralizado, el joven continuó:
-...Para evitar onerosas sanciones, creemos que es conveniente, por parte de los comerciantes, aplicar la medida cuanto antes; en su caso, es singularmente sencillo: Ferretería en nuestra lengua símplemente no lleva acento, sería una modificación de su rótulo que se podría hacer en cuestión de minutos, apenas tiene que molestarse...
-Joan callaba. El jóven echó un último vistazo al fondo de la tienda, para no tener que cruzar la mirada de su interlocutor y poder levantar la mirada del mostrador.
-Piénselo,-el jóven endureció, súbita y secamente, su voz.- No tiene mucho tiempo, hemos recibido quejas, y en esos casos, las cosas suelen precipitarse.- El joven se iba, el taco de goma quedaba en el mostrador, como perfecto pretexto.
-Buenas tardes.- y como vino, se fué.
Confuso aún, pensó en corto, en quién podría haberse quejado. El único enemigo conocido que tenía era una cadena extranjera de copias en el momento, una franquicia internacional que ponía inmigrantes con sueldos miserables a trabajar 24 horas al día...
Sin embargo, el mundo de Joan había dejado de girar, atascado en un acento. Su familia era de aquella tierra desde hacía generaciones, hablaba la lengua de la tierra mejor de lo que su último cliente la hablaría jamás, era un buen hombre, cabal y trabajador, honrado y generoso, y, sin embargo, el mundo, de golpe, le daba la espalda. Su sitio había quedado trabado, a la espera de una nueva muesca, no mas grande que un acento, para volver a girar, una breve limadura más, una de tantas que en la vida se hacen...
-Buenos tardes, patroncito, pero que mala cara me tiene... Pablo, su ayudante, un ecuatoriano chaparro y risueño, su acento lo delataba, entraba por la puerta, trayendo el último pedido y un breve y fresco viento otoñal se coló por la puerta, acompañándole.
-Necesitaré que me firme estos albaranes, no sea que mañana no pueda venir pronto, por lo de mi mujer, y el de la kangoo se enroje...- su universo parecía girar correctamente, todos los perrillos encajando, siguiendo la órbita de la vida; Pablo estaba a punto de ser padre por primera vez.
-Mañana a estas horas quizás tenga un ayudante más en el lugarito, para tallarle las llaves de los cofrecillos...
Joan miró a Pablo. Pensó que, aunque pequeño y cetrino, en sus rasgos se adivinaba que su abuelo, "el gallego" por designación, pero en realidad cántabro como el naranco, sin duda de la quinta de su padre, con quien quizá compartió alguna tarde de toros en Donosti, cuando viajaba a París a comprar herramienta, era tan español como el hijo que su nieto iba a tener. De repente, Pablo se apareció en su imaginación con un gorrito de la multinacional, sin poder ver crecer a su hijo, sin tallar su caracter, sin darle el linaje correcto, sin la riqueza debida, con el apellido equivocado...
Joan se imaginó, más allá, el mundo al que ese hijo vendría, el bisnieto de un republicano que luchó contra el caciquismo y perdió y huyó, y la metáfora de La Cerradura adquirió plenamente su significado.
Lentamente, Joan se retiró al cuartillo del taller, con los albaranes en la mano, sin recordar para qué los llevaba. De camino cogió una plaquilla de buzones de las de a 3 centímetros, y tras sentarse en la misma mesa donde su padre le enseñó a escribir, la talló como tantas antes, y tras darle un breve soplo, como siempre, y ayudado con su vieja escalera, y con un poco de celo, la pegó en la esquina de arriba de la luna del escaparate, en la zona que quedaba tapada por la verja.
Apretando los dientes, se juró dispuesto a reventar los perrillos de La Cerradura.
En la plaquilla se leía, en perfecta cursiva tallada a mano, a 3 milímetros el caracter:
Ferreteria Roures, S.L.
Wednesday, October 8, 2008
España: Ciudad fronteriza, ciudad sin ley
Siempre han existido, en el imaginario colectivo, las ciudades fronterizas o ciudades sin ley. Son zonas donde impera la ley del más fuerte y todo se puede conseguir con dinero. Para determinados intereses, ese tipo de espacios son muy atractivos, porque las posibilidades de negocio son ilimitadas.
Pongamos como ejemplo España y su actual desestructuración como país: toda vez que las regiones más ricas o con mayor influencia en el gobierno común han conseguido un estatus de parasitado de las regiones más pobres, o con menor capacidad para influir, a modo y manera en que se relacionan primer y tercer mundo, y en virtud a un sistema electoral en que el resumen sería una democracia de pequeños caciques y/o poderes fácticos, se puede observar un curioso fenómeno, el de los estatutos “a la carta”.
Si Ud. es un rico empresario del juego, pongamos por ejemplo, y no consigue que se legalice su práctica en su zona de acción europea, lo tiene muy sencillo: acuda a cualquiera de las débiles autonomías españolas y por una pequeña “mordida” modifique la ley a su antojo. Luego simplemente tendrá que ofertarse mediante velos baratos en el resto del mercado europeo. ¿Para qué irse a cien millas de la costa?
Es curioso como cosas impensables para una nación se pueden hacer factibles (y legales) sin más que acudir a cualquier autonomía española. ¿Quiere practicar la eutanasia a algún pariente? ¿Talvez abortar con ocho meses de embarazo para vengarse de su novio? ¡Ningún problema! nuestra cadena de hospitales está apunto de firmar un convenio con la consejería de salud de una pequeña autonomía española.
En un tiempo en que pasaremos de la America’s cup a pasar hambre, aún habremos de ver cosas inauditas.
Pongamos como ejemplo España y su actual desestructuración como país: toda vez que las regiones más ricas o con mayor influencia en el gobierno común han conseguido un estatus de parasitado de las regiones más pobres, o con menor capacidad para influir, a modo y manera en que se relacionan primer y tercer mundo, y en virtud a un sistema electoral en que el resumen sería una democracia de pequeños caciques y/o poderes fácticos, se puede observar un curioso fenómeno, el de los estatutos “a la carta”.
Si Ud. es un rico empresario del juego, pongamos por ejemplo, y no consigue que se legalice su práctica en su zona de acción europea, lo tiene muy sencillo: acuda a cualquiera de las débiles autonomías españolas y por una pequeña “mordida” modifique la ley a su antojo. Luego simplemente tendrá que ofertarse mediante velos baratos en el resto del mercado europeo. ¿Para qué irse a cien millas de la costa?
Es curioso como cosas impensables para una nación se pueden hacer factibles (y legales) sin más que acudir a cualquier autonomía española. ¿Quiere practicar la eutanasia a algún pariente? ¿Talvez abortar con ocho meses de embarazo para vengarse de su novio? ¡Ningún problema! nuestra cadena de hospitales está apunto de firmar un convenio con la consejería de salud de una pequeña autonomía española.
En un tiempo en que pasaremos de la America’s cup a pasar hambre, aún habremos de ver cosas inauditas.
Friday, August 22, 2008
Del coche a la bicicleta…
…Erase una vez dos ciudades, que tenían el mismo problema: estaban llenas de coches: sus ciudadanos los cogían a todas horas para ir a todas partes, y muchas veces iban solos o iban a sitios que estaban muy cerca de sus casas.
Había tantos coches, que la gente estaba enfadada: el humo les asfixiaba, o les hacía alérgicos, iban muy lentos, gastaban mucha gasolina y dinero, y muchos acababan atropellados, porque la gente se cansaba.
Así que el Rey, que mandaba en ambas ciudades, mandó llamar a todos los sabios y filósofos del reino, y mandó poner anuncios y correr la voz de que una gran recompensa sería otorgada a quien encontrase la solución.
Comoquiera que se presentaron cientos de personas que decían ser sabios, mandó organizar un concurso de debate, del cual serían jueces sus ministros, para elegir al mas sabio de todos.
Por fín, y después de varias semanas de debate, quedaron dos finalistas, dos sabios muy sabios, que además eran hermanos, y tan cargados de razones que los ministros no se ponían de acuerdo de cual era el mejor.
Intrigado por semejante empate, el rey mandó llamar al primero, Autóritas, y le preguntó:
-¿Cual crees, oh, sabio Autóritas, que es el mejor remedio para que mis súbditos no se envenenen con el humo de sus coches?
-Mi señor, sin duda, la bicicleta. Tenéis que conseguir que vuestros vasallos sean y se comporten como debe ser.
-¿Y cual creeis que es el mejor modo de conseguir tal cosa?
-Muy sencillo, Majestad, obligadles. La ley debe mandar sobre los ciudadanos. Doblad el precio de los carburantes con impuestos, prohibid los coches, o doblad su precio con impuestos, castigad severamente a quienes atropellen a alguien e impedid que los coches puedan aparcar o cobrad por ello. Los ciudadanos reflexionarán y elegirán, entonces, las bicicletas.
Impresionado por la solución, y satisfecho por tan brillante razonamiento, el rey mandó llamar entonces al otro sabio, Libertas, y de nuevo le preguntó:
-¿Cual crees, oh, sabio Libertas, que es el mejor remedio para que mis súbditos no mueran bajo las ruedas de sus compatriotas?
-Mi señor, sin duda, la bicicleta. Es limpia, barata, y hará los ciudadanos saludables, que dejarán el coche para cuando tengan que viajar a otras ciudades. .
-¿Y cual creeis que es el mejor modo de conseguir tal cosa?
-Muy sencillo, mi rey, construid un metro.
-Pero, ¿Cómo? ¿Para que mis ciudadanos vayan en bicicleta he de construir un metro? no lo entiendo. ¿No habéis dicho que lo más adecuado es que mis ciudadanos vayan en bicicleta? Debéis estar en un error.
-No, mi señor, si tal quereis, que vuestros ciudadanos vayan en bicicleta, deberíais construir un metro. Es complicado de explicar, pero así se habría de hacer, según mi criterio.
-¿Y qué os parece el consejo de vuestro hermano Autóritas?
-Creo que su sabiduría es grande, pero discrepo con él en lo de que los ciudadanos deben estar al servicio de la ley; mas bien es al reves, la ley está al servicio de los ciudadanos.
El rey se retiró a reflexionar, dudando entre ambos sabios. Al final, como el problema atañía a dos ciudades, y no quería descontentar a sus ministros, decidió que se procediese tal y como decían ambos sabios, solo que en una cidada se procedería como decía Autóritas y en la otra como sugería Libertas. No estaba muy seguro de que el consejo de Libertas fuese razonable, y además era mucho más caro, pero, como os relato, no quería que la mitad de sus ministros quedara descontenta y su gobierno dividido.
En la primera ciudad, se endurecieron las penas de tráfico con graves multas, se encarecieron los combustibles hasta diez veces su valor, se pusieron fuertes impuestos a los coches e incluso se llegó a prohibir algunos modelos, alegando que eran inseguros, y se construyeron carriles-bici, estrangulando la circulación aún más, convencidos de que, al ser tan incómodo conducir, ya nadie cogería los coches.
Pero los ciudadanos que empezaron a coger las bicicletas, al compartir la calle con los coches sufrían graves accidentes, se intoxicaban con los humos y se empobrecían cuando cogían el coche para visitar otras ciudades o sus pueblos natales, o hacían uso del combustible para calentarse en el invierno.
Además, los concejales, como el Ayuntamiento recaudaba mucho dinero, lo gastaban en lujosos cochazos que entorpecían aún más el tráfico, y los hombres ricos y burgueses, que no querían que sus hijos enfermaran o murieran, y para los que los grandes impuestos no eran un obstáculo, siguieron cogiendo y comprando coches.
Desesperado, el Ayuntamiento decidió prohibir la venta de coches, pero eso sólo agravó el problema, pues empezaron a venderlos en el mercado negro y eso dobló su valor, haciendo a los ciudadanos aún más pobres.
En la segunda ciudad, como dijo Libertas, se construyó un metro. Para pagarlo se puso un impuesto en el aparcamiento, pues se juzgó que no era justo ponerlo en el combustible, porque aquellos que usaban éste para otras cosas, como la calefacción, no tenían culpa del desbarajuste de la circulación. (Salvo cuando las cisternas abastecían sus casa, claro)
Al cabo de dos años, y aunque el primero la gente se desesperó por lo que entorpecieron al tráfico las obras del metro, la gente se dió cuenta de que era muchos más barato usar el metro, y, poco a poco, dejaron sus coches para ir a sus trabajos o al mercado.
Un buen día, había tan poco tráfico en la ciudad, que los estudiantes primero, los trabajadores después, y al final hasta madres y abuelas usaban la bicicleta, pues era mucho más barata aún que el metro.
Al cabo de un tiempo, ya nadie usaba el metro, y decidieron usar las excavaciones para garaje de los coches, dando aún mayor espacio a los ciclistas. Y así fue que, sin obligarles a cambiar, los ciudadanos de la segunda ciudad, cambiaron su mentalidad de conductores.
El rey, al ver los resultados, decidió que se procediera en la primera ciudad como en la segunda, y llamando a ambos sabios de nuevo, dispuso que se recompensara doblemente a Libertas y que Autóritas fuese ejecutado, por el gran mal que había causado.
Pero entonces intercedió Libertas, diciendo:
-Mi señor, ya sé que Autóritas ha causado un gran mal, pero no debéis ejecutarlo.
Mosqueado, el rey dijo:
-Pues si él vive, vos, Libertas, os quedaréis sin recompensa, pues necesitaré el dinero para apaciguar a aquellos que me piden su muerte,
-Yo no entro en política, mi Rey, pero su consejo aún puede seros de utilidad en el futuro. Además, soy sabio con votos, y uno de ellos es el de pobreza.
Y efectivamente así fue, el rey necesitó del consejo de Autóritas, cuando los que se habían hecho ricos en la primera ciudad, se sublevaron, pero esa es otra historia.
Había tantos coches, que la gente estaba enfadada: el humo les asfixiaba, o les hacía alérgicos, iban muy lentos, gastaban mucha gasolina y dinero, y muchos acababan atropellados, porque la gente se cansaba.
Así que el Rey, que mandaba en ambas ciudades, mandó llamar a todos los sabios y filósofos del reino, y mandó poner anuncios y correr la voz de que una gran recompensa sería otorgada a quien encontrase la solución.
Comoquiera que se presentaron cientos de personas que decían ser sabios, mandó organizar un concurso de debate, del cual serían jueces sus ministros, para elegir al mas sabio de todos.
Por fín, y después de varias semanas de debate, quedaron dos finalistas, dos sabios muy sabios, que además eran hermanos, y tan cargados de razones que los ministros no se ponían de acuerdo de cual era el mejor.
Intrigado por semejante empate, el rey mandó llamar al primero, Autóritas, y le preguntó:
-¿Cual crees, oh, sabio Autóritas, que es el mejor remedio para que mis súbditos no se envenenen con el humo de sus coches?
-Mi señor, sin duda, la bicicleta. Tenéis que conseguir que vuestros vasallos sean y se comporten como debe ser.
-¿Y cual creeis que es el mejor modo de conseguir tal cosa?
-Muy sencillo, Majestad, obligadles. La ley debe mandar sobre los ciudadanos. Doblad el precio de los carburantes con impuestos, prohibid los coches, o doblad su precio con impuestos, castigad severamente a quienes atropellen a alguien e impedid que los coches puedan aparcar o cobrad por ello. Los ciudadanos reflexionarán y elegirán, entonces, las bicicletas.
Impresionado por la solución, y satisfecho por tan brillante razonamiento, el rey mandó llamar entonces al otro sabio, Libertas, y de nuevo le preguntó:
-¿Cual crees, oh, sabio Libertas, que es el mejor remedio para que mis súbditos no mueran bajo las ruedas de sus compatriotas?
-Mi señor, sin duda, la bicicleta. Es limpia, barata, y hará los ciudadanos saludables, que dejarán el coche para cuando tengan que viajar a otras ciudades. .
-¿Y cual creeis que es el mejor modo de conseguir tal cosa?
-Muy sencillo, mi rey, construid un metro.
-Pero, ¿Cómo? ¿Para que mis ciudadanos vayan en bicicleta he de construir un metro? no lo entiendo. ¿No habéis dicho que lo más adecuado es que mis ciudadanos vayan en bicicleta? Debéis estar en un error.
-No, mi señor, si tal quereis, que vuestros ciudadanos vayan en bicicleta, deberíais construir un metro. Es complicado de explicar, pero así se habría de hacer, según mi criterio.
-¿Y qué os parece el consejo de vuestro hermano Autóritas?
-Creo que su sabiduría es grande, pero discrepo con él en lo de que los ciudadanos deben estar al servicio de la ley; mas bien es al reves, la ley está al servicio de los ciudadanos.
El rey se retiró a reflexionar, dudando entre ambos sabios. Al final, como el problema atañía a dos ciudades, y no quería descontentar a sus ministros, decidió que se procediese tal y como decían ambos sabios, solo que en una cidada se procedería como decía Autóritas y en la otra como sugería Libertas. No estaba muy seguro de que el consejo de Libertas fuese razonable, y además era mucho más caro, pero, como os relato, no quería que la mitad de sus ministros quedara descontenta y su gobierno dividido.
En la primera ciudad, se endurecieron las penas de tráfico con graves multas, se encarecieron los combustibles hasta diez veces su valor, se pusieron fuertes impuestos a los coches e incluso se llegó a prohibir algunos modelos, alegando que eran inseguros, y se construyeron carriles-bici, estrangulando la circulación aún más, convencidos de que, al ser tan incómodo conducir, ya nadie cogería los coches.
Pero los ciudadanos que empezaron a coger las bicicletas, al compartir la calle con los coches sufrían graves accidentes, se intoxicaban con los humos y se empobrecían cuando cogían el coche para visitar otras ciudades o sus pueblos natales, o hacían uso del combustible para calentarse en el invierno.
Además, los concejales, como el Ayuntamiento recaudaba mucho dinero, lo gastaban en lujosos cochazos que entorpecían aún más el tráfico, y los hombres ricos y burgueses, que no querían que sus hijos enfermaran o murieran, y para los que los grandes impuestos no eran un obstáculo, siguieron cogiendo y comprando coches.
Desesperado, el Ayuntamiento decidió prohibir la venta de coches, pero eso sólo agravó el problema, pues empezaron a venderlos en el mercado negro y eso dobló su valor, haciendo a los ciudadanos aún más pobres.
En la segunda ciudad, como dijo Libertas, se construyó un metro. Para pagarlo se puso un impuesto en el aparcamiento, pues se juzgó que no era justo ponerlo en el combustible, porque aquellos que usaban éste para otras cosas, como la calefacción, no tenían culpa del desbarajuste de la circulación. (Salvo cuando las cisternas abastecían sus casa, claro)
Al cabo de dos años, y aunque el primero la gente se desesperó por lo que entorpecieron al tráfico las obras del metro, la gente se dió cuenta de que era muchos más barato usar el metro, y, poco a poco, dejaron sus coches para ir a sus trabajos o al mercado.
Un buen día, había tan poco tráfico en la ciudad, que los estudiantes primero, los trabajadores después, y al final hasta madres y abuelas usaban la bicicleta, pues era mucho más barata aún que el metro.
Al cabo de un tiempo, ya nadie usaba el metro, y decidieron usar las excavaciones para garaje de los coches, dando aún mayor espacio a los ciclistas. Y así fue que, sin obligarles a cambiar, los ciudadanos de la segunda ciudad, cambiaron su mentalidad de conductores.
El rey, al ver los resultados, decidió que se procediera en la primera ciudad como en la segunda, y llamando a ambos sabios de nuevo, dispuso que se recompensara doblemente a Libertas y que Autóritas fuese ejecutado, por el gran mal que había causado.
Pero entonces intercedió Libertas, diciendo:
-Mi señor, ya sé que Autóritas ha causado un gran mal, pero no debéis ejecutarlo.
Mosqueado, el rey dijo:
-Pues si él vive, vos, Libertas, os quedaréis sin recompensa, pues necesitaré el dinero para apaciguar a aquellos que me piden su muerte,
-Yo no entro en política, mi Rey, pero su consejo aún puede seros de utilidad en el futuro. Además, soy sabio con votos, y uno de ellos es el de pobreza.
Y efectivamente así fue, el rey necesitó del consejo de Autóritas, cuando los que se habían hecho ricos en la primera ciudad, se sublevaron, pero esa es otra historia.
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